En fin, esto se acaba. Escribo directamente en el blog en los diez últimos minutos que me quedan de internet. Beijín es un fuego de artificio en pleno ascenso, un lugar donde vale lo mismo un corte de pelo que un rolex, unas deportivas nike que un desayuno (europeo). Un lugar donde se cumplen las leyes de Bolzman para esos millones de seres humanos que circulan sin descanso, como las motas de polvo en el brillante halo de luz de esta economía boyante, aumentando la entropía de la gran economía del mercado globalizante no sostenible.
Beijing sorprende a cada paso y somos una verdadera sorpresa para los pekineses. No imagina este pueblo amable, y en cierto modo tan desconectado del resto, la que se les viene encima con las Olimpiadas. Y no sólo eso, no son conscientes de que la bici no ocupa lo que el coche y al ritmo de 3000 nuevos vehículos diarios pronto empezarán a perder confianza en la prosperidad de la metrópoli.
En mi opinión a Beijíng hay que venir cuanto antes. En las Olimpiadas se desatará la locura de los precios y después, después ¿alguien recuerda Sevilla 1993?
Nos vemos en seguida.
27.7.07
24.7.07
tirando a dar
El país emocional.
A pesar de que en China existe un 50% de la población, entre budistas, taoístas y otras religiones menores, que tienen algo parecido a una creencia religiosa, se nota a la legua que su pensamiento a lo largo de la historia no se ha construido alrededor de la idea de dios, un solo dios, muchos o contra dios. No han tenido que soportar la idea ridícula del niño Jesús nacido sin pecado, ni el monotema gore del crucificado, no han perdido el tiempo luchando contra los dogmas que fajaban el vuelo del pensamiento, ni su conciencia ha crecido tutelada por un guardián de lo correcto y lo incorrecto. Su filosofía se ha cimentado desde el hombre para el hombre. Menos acostumbrados a los conceptos abstractos, su trabajo intelectual ha ido encaminado a la individualidad, lo cual no deja de ser extremadamente paradójico en un país que vive y soporta la sobrepoblación desde el siglo dos antes de nuestra era. Quizá sea precisamente por eso, por ese saberse en medio de una gran manada de caracteres, todos diferentes, que cada escritura busca ser un mundo en si misma, una opción para autodefinirse más allá del concepto de cada palabra. La caligrafía se desvela así como la opción de cargar cada sílaba de un plus de personalidad, de esa idiosincrasia mutante, siempre en permanente evolución, que es distinta en cada etapa de la vida y que se tiñe en el momento de la emoción concreta que embargue al calígrafo en el instante en que desplaza el pincel sobre el pliego de papel.
Cuando la filosofía del Tao anuncia que esto es verdad si es posiblemente cierto lo contrario, nos advierte de esa inmensidad, de esa complejidad de pareceres que deben cohabitar y a los que no conviene ponerle puertas ni cerrojos. Incluso Buda, el personaje más conspicuo en lo que toca al mundo espíritual en China, a lo largo de su historia ha adquirido muchos nombres, actitudes y aspecto físico; adaptándose a necesidades y criterios puede presentarse hierático y contemplativo, displicente observador, gordo y recostado, sonriente y rodeado de discípulos. La gravedad con la que nuestras religiones occidentales han revestido la trascendencia siempre ha buscado circundarse de una orilla de abismo, de ese muro para el miedo que protege los intereses de los hierofantes y les otorga el poder para dictar las normas al rebaño castrado y aquiescente.
Corderos libres del pecado del mundo, los chinos se han preocupado de organizar la complejidad desde un punto de vista práctico, absolutamente imprescindible para lograr la conservación de la especie, la pervivencia en paz de las multitudes. No es extraño que fueran los primeros en conceder un status especial a los más dotados intelectualmente para que fueran ellos quienes orientaran los destinos de cada pueblo y dirimieran los conflictos. Los exámenes imperiales para llegar a funcionario se instituyeron antes de que Platón redactara la República y era una oportunidad abierta para cualquiera, de cualquier origen y condición. No nos engañemos, connivencia y favoritismos los hubo siempre y al que pasaba la vida enraizando arroz no le quedaba mucho tiempo para aprender los 10.000 caracteres que como mínimo debía dominar el aspirante. También hoy en nuestro sistema funcionarial existen fraudes, sin embargo las condiciones de objetividad han mejorado manifiestamente con respecto a pasados periodos históricos, no entro en detalles. La historia china registra numerosas biografías de individuos de humilde cuna que alcanzaron el cargo de gobernador de provincia o el de consejero del emperador sin ostentar una sola gota de sangre azul en sus venas. Sus méritos racionales les alzaron hasta el puesto. Ética objetiva y espíritu subjetivo, y no un alma que debía ajustarse a unos cánones y una ética supeditada a la visión particular de un dirigente espiritual infalible.
¿Hemos de concluir que como civilización en occidente llevamos un retraso significativo en lo que respecta a nuestro modo de arañar las posibilidades del alma y el conocimiento? Ciertamente no. Las vallas siempre agudizan el ingenio de los presos, las puertas son invitaciones a entrar, los muros que ocultan el sol lo hacen más deseable, más brillante, más poderoso incluso de lo que en realidad es. La imaginación de occidente ha tenido que aplicarse más a fondo que la oriental. Para ellos la preocupación ha sido otra: lograr dar de comer a todo el mundo y que cada cual encuentre su propio modo de expresión y autodefinición en una aglomeración desorbitada.
Es la emoción la que sobrenada en el espíritu pragmático chino como una nata irremediable que emerge de su batir diario con las vicisitudes y dificultades de la vida. Un excedente que irrumpe, desde el sudor de la frente, sin control, sin demasiada parafernalia. El arte pictórico, escaso en temas y variaciones, logró su máxima expresión abriendo espacios vacíos, nieblas en las que perderse, brumas para penetrar desde la individualidad hacia cualquier sitio. La música es especialmente emotiva, trágica, amorosa, generalmente dirigida a suscitar sentimientos de fraternidad, de comunión en la gran hermandad. Romanticonas, cargadas de violines y con ritmos melosos, nos parecen aparentemente inocentes, un tanto pueriles, como ciertas actitudes que se observan en la calle, como ese amor envidiable, cargado de arrumacos y manitas que tanto se prodiga entre los jóvenes.
Los que serán siempre extranjeros, en su casa y en la China, no ven el país de la emoción; el miedo, al que finalmente han aprendido a obedecer, les protege dentro de su castillo de prejuicios y compran muchos bolsos que imitan esa marca prodigiosa que les asimilará temporalmente a los distinguidos ídolos que poseen sangre real.
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A pesar de que en China existe un 50% de la población, entre budistas, taoístas y otras religiones menores, que tienen algo parecido a una creencia religiosa, se nota a la legua que su pensamiento a lo largo de la historia no se ha construido alrededor de la idea de dios, un solo dios, muchos o contra dios. No han tenido que soportar la idea ridícula del niño Jesús nacido sin pecado, ni el monotema gore del crucificado, no han perdido el tiempo luchando contra los dogmas que fajaban el vuelo del pensamiento, ni su conciencia ha crecido tutelada por un guardián de lo correcto y lo incorrecto. Su filosofía se ha cimentado desde el hombre para el hombre. Menos acostumbrados a los conceptos abstractos, su trabajo intelectual ha ido encaminado a la individualidad, lo cual no deja de ser extremadamente paradójico en un país que vive y soporta la sobrepoblación desde el siglo dos antes de nuestra era. Quizá sea precisamente por eso, por ese saberse en medio de una gran manada de caracteres, todos diferentes, que cada escritura busca ser un mundo en si misma, una opción para autodefinirse más allá del concepto de cada palabra. La caligrafía se desvela así como la opción de cargar cada sílaba de un plus de personalidad, de esa idiosincrasia mutante, siempre en permanente evolución, que es distinta en cada etapa de la vida y que se tiñe en el momento de la emoción concreta que embargue al calígrafo en el instante en que desplaza el pincel sobre el pliego de papel.
Cuando la filosofía del Tao anuncia que esto es verdad si es posiblemente cierto lo contrario, nos advierte de esa inmensidad, de esa complejidad de pareceres que deben cohabitar y a los que no conviene ponerle puertas ni cerrojos. Incluso Buda, el personaje más conspicuo en lo que toca al mundo espíritual en China, a lo largo de su historia ha adquirido muchos nombres, actitudes y aspecto físico; adaptándose a necesidades y criterios puede presentarse hierático y contemplativo, displicente observador, gordo y recostado, sonriente y rodeado de discípulos. La gravedad con la que nuestras religiones occidentales han revestido la trascendencia siempre ha buscado circundarse de una orilla de abismo, de ese muro para el miedo que protege los intereses de los hierofantes y les otorga el poder para dictar las normas al rebaño castrado y aquiescente.
Corderos libres del pecado del mundo, los chinos se han preocupado de organizar la complejidad desde un punto de vista práctico, absolutamente imprescindible para lograr la conservación de la especie, la pervivencia en paz de las multitudes. No es extraño que fueran los primeros en conceder un status especial a los más dotados intelectualmente para que fueran ellos quienes orientaran los destinos de cada pueblo y dirimieran los conflictos. Los exámenes imperiales para llegar a funcionario se instituyeron antes de que Platón redactara la República y era una oportunidad abierta para cualquiera, de cualquier origen y condición. No nos engañemos, connivencia y favoritismos los hubo siempre y al que pasaba la vida enraizando arroz no le quedaba mucho tiempo para aprender los 10.000 caracteres que como mínimo debía dominar el aspirante. También hoy en nuestro sistema funcionarial existen fraudes, sin embargo las condiciones de objetividad han mejorado manifiestamente con respecto a pasados periodos históricos, no entro en detalles. La historia china registra numerosas biografías de individuos de humilde cuna que alcanzaron el cargo de gobernador de provincia o el de consejero del emperador sin ostentar una sola gota de sangre azul en sus venas. Sus méritos racionales les alzaron hasta el puesto. Ética objetiva y espíritu subjetivo, y no un alma que debía ajustarse a unos cánones y una ética supeditada a la visión particular de un dirigente espiritual infalible.
¿Hemos de concluir que como civilización en occidente llevamos un retraso significativo en lo que respecta a nuestro modo de arañar las posibilidades del alma y el conocimiento? Ciertamente no. Las vallas siempre agudizan el ingenio de los presos, las puertas son invitaciones a entrar, los muros que ocultan el sol lo hacen más deseable, más brillante, más poderoso incluso de lo que en realidad es. La imaginación de occidente ha tenido que aplicarse más a fondo que la oriental. Para ellos la preocupación ha sido otra: lograr dar de comer a todo el mundo y que cada cual encuentre su propio modo de expresión y autodefinición en una aglomeración desorbitada.
Es la emoción la que sobrenada en el espíritu pragmático chino como una nata irremediable que emerge de su batir diario con las vicisitudes y dificultades de la vida. Un excedente que irrumpe, desde el sudor de la frente, sin control, sin demasiada parafernalia. El arte pictórico, escaso en temas y variaciones, logró su máxima expresión abriendo espacios vacíos, nieblas en las que perderse, brumas para penetrar desde la individualidad hacia cualquier sitio. La música es especialmente emotiva, trágica, amorosa, generalmente dirigida a suscitar sentimientos de fraternidad, de comunión en la gran hermandad. Romanticonas, cargadas de violines y con ritmos melosos, nos parecen aparentemente inocentes, un tanto pueriles, como ciertas actitudes que se observan en la calle, como ese amor envidiable, cargado de arrumacos y manitas que tanto se prodiga entre los jóvenes.
Los que serán siempre extranjeros, en su casa y en la China, no ven el país de la emoción; el miedo, al que finalmente han aprendido a obedecer, les protege dentro de su castillo de prejuicios y compran muchos bolsos que imitan esa marca prodigiosa que les asimilará temporalmente a los distinguidos ídolos que poseen sangre real.
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20.7.07
19.7.07
De comer 01, que no la primera.
En un restaurante coreano preside el centro de la mesa una barbacoa notable. Sobre ella una campana extractora de humos con el número de la mesa pintado en la chimenea. Generalmente los platos vienen fotografiados en la carta, lo cual simplifica mucho las cosas, y siempre te entregan una servilleta húmeda que uno piensa que sirve para “lavarse” las manos pero que, cuando encienden el brasero y empiezas a tragar carne, la usas, como los cirujanos, para secarte el sudor de la frente.
Para los que no pueden vivir sin su filete con patatas seguramente este sea el tipo de restauración más recomendable. La salsa de soja dulce, con mucho cilantro, mantiene la vesícula biliar en activo hasta rematar la faena, que no es corta, porque al contrario de lo que es habitual en el turisteo españó, los platos que se sirven son mucho más generosos que lo que aparentan en las fotografías; también es verdad que la carne la cortan con microtomo.
No esperen verdaderas chips, algo hay que se le parece, pero no me digan que no avisé. Corrientemente hay al menos un camarero que sabe inglés.
Cada dos por tres se renueva la parrilla. Viene uno se la lleva con unos trapos y trae inmediatamente otra reluciente. No sé porque me da por imaginar al que se pasa la jornada rascando carne socarrada y restregando hasta que los barrotes vuelven a parecer acero recién fraguado. Una por minuto calculo yo, unas ocho o diez horas.
Cuando definitivamente retiran el infierno del centro de la mesa el camarero entrega a cada comensal un heladito de lichy con palita de madera, muy rico, y fresquito. En el baño, plato turco, aquí y en casi todos los restaurantes (no siempre hay papel, conviene llevar clinex en el bolsillo/bolso).
Insisto, hay razones para considerarlo el sitio perfecto para el carnívoro enemigo de los platos incógnitos orientales ( y para sospechar del efecto secundario del heladito).
En un restaurante coreano preside el centro de la mesa una barbacoa notable. Sobre ella una campana extractora de humos con el número de la mesa pintado en la chimenea. Generalmente los platos vienen fotografiados en la carta, lo cual simplifica mucho las cosas, y siempre te entregan una servilleta húmeda que uno piensa que sirve para “lavarse” las manos pero que, cuando encienden el brasero y empiezas a tragar carne, la usas, como los cirujanos, para secarte el sudor de la frente.
Para los que no pueden vivir sin su filete con patatas seguramente este sea el tipo de restauración más recomendable. La salsa de soja dulce, con mucho cilantro, mantiene la vesícula biliar en activo hasta rematar la faena, que no es corta, porque al contrario de lo que es habitual en el turisteo españó, los platos que se sirven son mucho más generosos que lo que aparentan en las fotografías; también es verdad que la carne la cortan con microtomo.
No esperen verdaderas chips, algo hay que se le parece, pero no me digan que no avisé. Corrientemente hay al menos un camarero que sabe inglés.
Cada dos por tres se renueva la parrilla. Viene uno se la lleva con unos trapos y trae inmediatamente otra reluciente. No sé porque me da por imaginar al que se pasa la jornada rascando carne socarrada y restregando hasta que los barrotes vuelven a parecer acero recién fraguado. Una por minuto calculo yo, unas ocho o diez horas.
Cuando definitivamente retiran el infierno del centro de la mesa el camarero entrega a cada comensal un heladito de lichy con palita de madera, muy rico, y fresquito. En el baño, plato turco, aquí y en casi todos los restaurantes (no siempre hay papel, conviene llevar clinex en el bolsillo/bolso).
Insisto, hay razones para considerarlo el sitio perfecto para el carnívoro enemigo de los platos incógnitos orientales ( y para sospechar del efecto secundario del heladito).
18.7.07









Impunidad
Tenemos una agradable sensación de impunidad, de gozar de absoluta libertad para hacer y deshacer, entrar y salir de donde se nos antoje. Nadie nos detiene, nadie nos pregunta. Creemos que se debe a que somos extranjeros, intocables cargados de yuanes. En nuestra candidez de recién llegados nos creemos el santón foráneo al que todos observan y no perturban, algo hay de ello, no en vano nuestros ojos y nuestro atuendo nos delatan como extraterrestres. Yo diría que no hay más de 2.000 españoles en todo Beijíng, una ciudad de 14 millones de habitantes, comparados con los más de 20.000 residentes chinos que hay en Madrid, somos aquí una pieza especialmente rara, un oligoelemento.
No obstante, observo que, aunque todos me parecen, no iguales, pero sí muy próximos, en buena lógica, no tienen porqué conocerse entre sí. De hecho, en cuanto caigo del guindo, concluyo que la mayoría posee como mucho la confianza de la familia cercana, alguno de los compañeros de trabajo, si se mantienen en el puesto, y ese amigo o vecino íntimo. Todos son, somos, extranjeros en Beijíng. Las dimensiones del hormiguero son descomunales y todas las hormigas ignoran la procedencia y el destino del compañero de autobús. ¿El gran alienamiento total? Al contrario de lo que cabría pensar, la fusión en esa masa dinámica genera un punto de libertad añadida que se reparte con bien para todos. Cada quien es cada cual y procede a su antojo sin ser molestado ni perturbado por ello, siempre y cuando con su actitud no perjudique ostentosamente a los demás. Se puede quedar uno dormido en la planta segunda de la mayor librería imaginable, entre las guías de países extranjeros, o en un banco frente a la puerta del Mc Donalds, o en medio de la calle, sobre una hoja de periódico. Nadie vendrá a despertarlo.
Todo el mundo es consciente que las horas de sueño escasean en la capital y que una cabezada no le hace mal a nadie. De todos modos, me dice mi amigo Xiqian Ou, que los chinos en general duermen mucho, más en verano, una época en la que quien puede permitírselo duerme una siesta larga después de comer, de 12.00 a 14.00, por ejemplo.
El caos nos protege a todos. Aquí no hay ángel de la guarda, lo exiliaron. En su lugar sobrevuela la ciudad el espíritu de la colmena, una vaga prudencia basada en la apreciación consciente de que todos somos imperfectos y todos transgredimos la ley. No hay otra explicación. ¿Cómo podría sostenerse sin accidentes un tráfico tan irregular, absolutamente demoníaco, incesante y perturbado? La señora cruza de la mano de su nieta una avenida de ocho carriles con el semáforo en verde para los vehículos, al tiempo un ciclista gira noventa grados sin extender el brazo, el taxista bruscamente cruza tres carriles y se detiene, el carrimoto cambia de dirección saltando la mediana. No pasa nada. La velocidad media es baja, aunque haya visibilidad y espacio no suelen superarse los sesenta kilómetros por hora. Todo el mundo es consciente de que los imprevistos son sorteables a ese ritmo, y por otro lado, resultan imposibles de prever, por muchas normas de tráfico que se dicten, a 120 kilómetros por hora.
En algunas zonas, sobre todo las que están en obras, que son muchas, se echan en falta las aceras. En una ciudad en la que el modo más natural para desplazarse ha sido durante décadas ir montado sobre dos ruedas, no se pensó que los coches acabarían desplazando al público hacia los márgenes. Las que deberían ser aceras para peatones se han convertido en improvisados carriles para bicicletas y cuando no están lo suficientemente pavimentadas son las plantas expontáneas las que se adueñan del espacio, perfilando las avenidas de improvisadas jardineras en un surtido salvaje de matices verdes. Me recuerda aquella costa española de los años setenta que se urbanizaba rápidamente pero no se ponía el pavimento a las aceras hasta diez o veinte años después. En cambio, las grandes avenidas ya vienen dotadas de carril bici o algo semejante y en ellas las aceras desde luego son muy espaciosas y arboladas. Y cabe decir que, no sé si de cara a las Olimpiadas, o desde siempre, se nota un especial esfuerzo en la atención a las flores y en general a toda la jardinería.
En los hutongs, que son los barrios clásicos, de casas bajas, laberínticos, semejantes a medinas árabes, sin calle propiamente dicha, los coches no suelen entrar, ni la gente bien. En ellos se degusta la genuina vida de barrio-barrio y la cocina más exótica. Las casas deben ser tan pequeñas que la vida está constantemente recostada en el portal o en medio del pavimento. Los vecinos lo son de generaciones, los niños juegan a sus anchas y los comerciantes exponen en la calle la mitad de su mercancía y de sus horas de vida. Se ven gatos de largo pelaje extendidos sobre mesas de matanza, durmiéndola, tiestos en latas, viejitos cargando la pipa, freidurías de panchitos, talleres de bicicletas y de electrodomésticos, verdulerías y colmados, y los clásicos bazares, no los todo a cien, sino los que había antes en los pueblos de España, con un surtido de todo un poco. No llega casi el rugido del tráfico y el tiempo parece caminar más despacio, ajeno a la amenaza próxima de la demolición. No hay futuro para los hutongs, se derriban docenas cada día y en una década no quedará más que una representación folklórica y turística de lo que fueron.
Supongo que hay bares muy cool (será que se me ha pasado la edad, pero adivino su tedio de lejos) y sé que se pueden llenar cien páginas con las excelencias de la nueva arquitectura pequinesa, pero a mí que me conserven este Beijíng de la vitalidad, de las calles pletóricas, de la diversidad y el caos, en ese amigable anonimato que lo engulle todo con voracidad secular. Esos abrazos virtuales de la humanidad, inasibles, un tanto absurdos y que, como todo el mundo sabe, no dan de comer, son los que me alimentan.
Tenemos una agradable sensación de impunidad, de gozar de absoluta libertad para hacer y deshacer, entrar y salir de donde se nos antoje. Nadie nos detiene, nadie nos pregunta. Creemos que se debe a que somos extranjeros, intocables cargados de yuanes. En nuestra candidez de recién llegados nos creemos el santón foráneo al que todos observan y no perturban, algo hay de ello, no en vano nuestros ojos y nuestro atuendo nos delatan como extraterrestres. Yo diría que no hay más de 2.000 españoles en todo Beijíng, una ciudad de 14 millones de habitantes, comparados con los más de 20.000 residentes chinos que hay en Madrid, somos aquí una pieza especialmente rara, un oligoelemento.
No obstante, observo que, aunque todos me parecen, no iguales, pero sí muy próximos, en buena lógica, no tienen porqué conocerse entre sí. De hecho, en cuanto caigo del guindo, concluyo que la mayoría posee como mucho la confianza de la familia cercana, alguno de los compañeros de trabajo, si se mantienen en el puesto, y ese amigo o vecino íntimo. Todos son, somos, extranjeros en Beijíng. Las dimensiones del hormiguero son descomunales y todas las hormigas ignoran la procedencia y el destino del compañero de autobús. ¿El gran alienamiento total? Al contrario de lo que cabría pensar, la fusión en esa masa dinámica genera un punto de libertad añadida que se reparte con bien para todos. Cada quien es cada cual y procede a su antojo sin ser molestado ni perturbado por ello, siempre y cuando con su actitud no perjudique ostentosamente a los demás. Se puede quedar uno dormido en la planta segunda de la mayor librería imaginable, entre las guías de países extranjeros, o en un banco frente a la puerta del Mc Donalds, o en medio de la calle, sobre una hoja de periódico. Nadie vendrá a despertarlo.
Todo el mundo es consciente que las horas de sueño escasean en la capital y que una cabezada no le hace mal a nadie. De todos modos, me dice mi amigo Xiqian Ou, que los chinos en general duermen mucho, más en verano, una época en la que quien puede permitírselo duerme una siesta larga después de comer, de 12.00 a 14.00, por ejemplo.
El caos nos protege a todos. Aquí no hay ángel de la guarda, lo exiliaron. En su lugar sobrevuela la ciudad el espíritu de la colmena, una vaga prudencia basada en la apreciación consciente de que todos somos imperfectos y todos transgredimos la ley. No hay otra explicación. ¿Cómo podría sostenerse sin accidentes un tráfico tan irregular, absolutamente demoníaco, incesante y perturbado? La señora cruza de la mano de su nieta una avenida de ocho carriles con el semáforo en verde para los vehículos, al tiempo un ciclista gira noventa grados sin extender el brazo, el taxista bruscamente cruza tres carriles y se detiene, el carrimoto cambia de dirección saltando la mediana. No pasa nada. La velocidad media es baja, aunque haya visibilidad y espacio no suelen superarse los sesenta kilómetros por hora. Todo el mundo es consciente de que los imprevistos son sorteables a ese ritmo, y por otro lado, resultan imposibles de prever, por muchas normas de tráfico que se dicten, a 120 kilómetros por hora.
En algunas zonas, sobre todo las que están en obras, que son muchas, se echan en falta las aceras. En una ciudad en la que el modo más natural para desplazarse ha sido durante décadas ir montado sobre dos ruedas, no se pensó que los coches acabarían desplazando al público hacia los márgenes. Las que deberían ser aceras para peatones se han convertido en improvisados carriles para bicicletas y cuando no están lo suficientemente pavimentadas son las plantas expontáneas las que se adueñan del espacio, perfilando las avenidas de improvisadas jardineras en un surtido salvaje de matices verdes. Me recuerda aquella costa española de los años setenta que se urbanizaba rápidamente pero no se ponía el pavimento a las aceras hasta diez o veinte años después. En cambio, las grandes avenidas ya vienen dotadas de carril bici o algo semejante y en ellas las aceras desde luego son muy espaciosas y arboladas. Y cabe decir que, no sé si de cara a las Olimpiadas, o desde siempre, se nota un especial esfuerzo en la atención a las flores y en general a toda la jardinería.
En los hutongs, que son los barrios clásicos, de casas bajas, laberínticos, semejantes a medinas árabes, sin calle propiamente dicha, los coches no suelen entrar, ni la gente bien. En ellos se degusta la genuina vida de barrio-barrio y la cocina más exótica. Las casas deben ser tan pequeñas que la vida está constantemente recostada en el portal o en medio del pavimento. Los vecinos lo son de generaciones, los niños juegan a sus anchas y los comerciantes exponen en la calle la mitad de su mercancía y de sus horas de vida. Se ven gatos de largo pelaje extendidos sobre mesas de matanza, durmiéndola, tiestos en latas, viejitos cargando la pipa, freidurías de panchitos, talleres de bicicletas y de electrodomésticos, verdulerías y colmados, y los clásicos bazares, no los todo a cien, sino los que había antes en los pueblos de España, con un surtido de todo un poco. No llega casi el rugido del tráfico y el tiempo parece caminar más despacio, ajeno a la amenaza próxima de la demolición. No hay futuro para los hutongs, se derriban docenas cada día y en una década no quedará más que una representación folklórica y turística de lo que fueron.
Supongo que hay bares muy cool (será que se me ha pasado la edad, pero adivino su tedio de lejos) y sé que se pueden llenar cien páginas con las excelencias de la nueva arquitectura pequinesa, pero a mí que me conserven este Beijíng de la vitalidad, de las calles pletóricas, de la diversidad y el caos, en ese amigable anonimato que lo engulle todo con voracidad secular. Esos abrazos virtuales de la humanidad, inasibles, un tanto absurdos y que, como todo el mundo sabe, no dan de comer, son los que me alimentan.
15.7.07
La Gran Muralla de niebla











La Gran Muralla de niebla.
La que vulgarmente llamamos "Muralla China" y que aquí se llama estrictamente Gran Muralla, se empezó a construir probablemente antes que las murallas de Jericó, varios docenas de siglos antes de Cristo. Cierto que al principio no era más que un gran muro de arena que servía para parapetar arqueros contra las invasiones de los siempre oportunistas mongoles y sus incursiones por riquezas y mujeres. Pero la ideita siempre pareció interesante a todos los emperadores, desde Qin Shi Huandi (que la solidificó en el 210 a.n.e), hasta los de la dinastía Ming (s. XIV-XVII), y cada uno fue añadiéndole un poco más de arena, un tantito de altura, unas piedrecitas, unos sillares, unas torres, unos cuantos kilómetros, así hasta lograr esos 5.000 km que la hacen perfectamente desproporcionada. Sobre todo si se tiene en cuenta que no les sirvió de mucho para evitar la invasión de Genghis Khan en el siglo XIII y en el XVII de los Manchúes. Pero ese rollito de protegerse de las fuerzas externas siempre les ha entusiasmado a los gobiernos imperialistas y desde luego constituía un modo práctico de tener gente ocupada. Mientras se construía la muralla los ejércitos fronterizos no estaban ociosos.
Hay una autopista que une Beijing con Badaling, que es el lugar por antonomasia para visitar la Gran Muralla. Arranca de la capital con cuatro o seis carriles, cuando empieza a ascender hacia el macizo montañoso sólo dispone de tres, a veinte kilómetros de dos, y a unos diez se queda en carretera secundaria adoquinada. Teniendo en cuenta que debe ser el monumento más visitado del mundo, el dato lo aporto yo, os podéis imaginar el atasco descomunal que se monta: tipo 1 de agosto la Junquera años 80. En fin, para hacer algo más de 70 km, sales a las ocho de la mañana y te plantas allí a las once y media.
Hay un gran recibimiento comercial de varios kilómetros de tiendecitas y chiringuitos y un auténtico laberinto de atracciones y aparcamientos, pero finalmente y tras una entrada cuerpo a cuerpo, como cuando se va a ver a los Rolling, te ves pisando la muralla, porque al principio no puedes ver otra cosa, sólo el suelo empedrado y miríadas de gente.
Conviene decir que elegimos un día especialmente neblinoso. Las brumas y calinas abundan por estas tierras y se agarran especialmente a las cumbres, y aquí uno empieza a entender porqué y cómo se pintaban esos cuadros que me han fascinado toda la vida.
La sensación de boca de estación de metro en hora punta se mantiene durante una hora larga. Se camina codo con codo con miles, casi me atrevería a decir millones (que aquí no es ofender) de turistas internos y externos, en una alegre algarabía, un mixtifori de lenguas y pelajes, donde cada cual intenta la hazaña de sacar una foto de sus congéneres con un pedazo visible de la muralla. Como en lontananza no se distingue un pijo, pero nada, a diez metros no hay más que niebla, imaginaros la diversión. Me atrae que en un ensanche hay preparada una pequeña grada de metal y pienso si será un estrado acondicionado para autoridades. En seguida salgo de dudas, lo llena un grupo de norteamericanos a los que les hacen la foto y les cobran lo suyo. Claro, en condiciones normales al fondo debería divisarse la asombrosa serpiente de piedra lamiendo laderas hasta perderse en lontananza, pero hoy los sonrientes yanquees acaban de hacerse una bonita foto contra el blanco pegajoso de la niebla.
Cuando se llega a una torre se produce un lógico atasco. Sólo tienen dos puertas, una para entrar y otra para salir. En las paredes de las torres se acumulan las pintadas: Yang llego hasta aquí, Lí quiere a Ying, japonés el que lo lea, etc. Sigamos, te dices, la gente se irá cansando, y lo sigues diciendo tres kilómetros más allá, rodeado de peña que ha traído su comida y se sienta en los escalones a zampar. Ves la barandilla que acompaña los laterales en todo momento y te parece exagerada, un tanto inútil, quizá válida para esos ancianos indómitos que con parsimonia y tenacidad aún resisten el rompepiernas de este sube y baja con una inmensa sonrisa en la boca (¿o será un gesto forzado de dolor?), como si, por fin, estuvieran cumpliendo su sueño de toda la vida, su arribada a Lourdes.
A pesar de que la niebla no es sólo niebla sino que en ocasiones se parece más a un chirimiri que moja, e incluso en las cumbres a una ventisca que cala, la mayoría camina en camiseta y pantalones cortos, lo más un chubasquero de plasticuchi. Esto es un palizón, pero nadie se detiene, es como una obsesión colectiva, caminamos contagiados de un ansia irrefrenable por llegar ¿a dónde? Las chicas no pueden reprimir los coloretes naturales que les hacen perder esa palidez que tanto anhelan y los hombres vamos cuajados en sudor con surtidores en la frente y en el bozo, añádanse los habituales de oquedades y confluencias. Cuanto más avanzas más yuanes cuesta la botella de agua mineral y más retorcidos y oportunistas son los souvenirs: camisetas con la leyenda “I climbed the Great Wall”, que muchos compran para poderse poner una seca, tazas de desayuno con tu foto, en la que debería aparecer al fondo la muralla, también llaveros o simplemente placas plastificadas. Pero no, señores, la niebla no levanta, y seguimos caminando, absortos en continuar, en devorar una tramo significativo de esta obra mítica de la arquitectura mundial, que se ve desde la luna pero no desde aquí.
Por fin se empieza a caminar un poco suelto, qué llevaremos, ¿cuatro kilómetros? ¿Cinco? Me es imposible saberlo. La niebla lo engulle todo, no hay referencias, a veces se oyen vajidos lejanos o el eco del claxon de un autobús. En un día diáfano esto debe de ser la hostia, con vistas espectaculares. A ambos lados de la muralla se adivina un bosque espeso de avellanos, hayas y majuelos, de vez en cuando se distinguen unos riscos asomando el hombro sobre la floresta. Pero eso es todo, podríamos estar caminando por un decorado en círculos, rodeados de humo artificial.
La que vulgarmente llamamos "Muralla China" y que aquí se llama estrictamente Gran Muralla, se empezó a construir probablemente antes que las murallas de Jericó, varios docenas de siglos antes de Cristo. Cierto que al principio no era más que un gran muro de arena que servía para parapetar arqueros contra las invasiones de los siempre oportunistas mongoles y sus incursiones por riquezas y mujeres. Pero la ideita siempre pareció interesante a todos los emperadores, desde Qin Shi Huandi (que la solidificó en el 210 a.n.e), hasta los de la dinastía Ming (s. XIV-XVII), y cada uno fue añadiéndole un poco más de arena, un tantito de altura, unas piedrecitas, unos sillares, unas torres, unos cuantos kilómetros, así hasta lograr esos 5.000 km que la hacen perfectamente desproporcionada. Sobre todo si se tiene en cuenta que no les sirvió de mucho para evitar la invasión de Genghis Khan en el siglo XIII y en el XVII de los Manchúes. Pero ese rollito de protegerse de las fuerzas externas siempre les ha entusiasmado a los gobiernos imperialistas y desde luego constituía un modo práctico de tener gente ocupada. Mientras se construía la muralla los ejércitos fronterizos no estaban ociosos.
Hay una autopista que une Beijing con Badaling, que es el lugar por antonomasia para visitar la Gran Muralla. Arranca de la capital con cuatro o seis carriles, cuando empieza a ascender hacia el macizo montañoso sólo dispone de tres, a veinte kilómetros de dos, y a unos diez se queda en carretera secundaria adoquinada. Teniendo en cuenta que debe ser el monumento más visitado del mundo, el dato lo aporto yo, os podéis imaginar el atasco descomunal que se monta: tipo 1 de agosto la Junquera años 80. En fin, para hacer algo más de 70 km, sales a las ocho de la mañana y te plantas allí a las once y media.
Hay un gran recibimiento comercial de varios kilómetros de tiendecitas y chiringuitos y un auténtico laberinto de atracciones y aparcamientos, pero finalmente y tras una entrada cuerpo a cuerpo, como cuando se va a ver a los Rolling, te ves pisando la muralla, porque al principio no puedes ver otra cosa, sólo el suelo empedrado y miríadas de gente.
Conviene decir que elegimos un día especialmente neblinoso. Las brumas y calinas abundan por estas tierras y se agarran especialmente a las cumbres, y aquí uno empieza a entender porqué y cómo se pintaban esos cuadros que me han fascinado toda la vida.
La sensación de boca de estación de metro en hora punta se mantiene durante una hora larga. Se camina codo con codo con miles, casi me atrevería a decir millones (que aquí no es ofender) de turistas internos y externos, en una alegre algarabía, un mixtifori de lenguas y pelajes, donde cada cual intenta la hazaña de sacar una foto de sus congéneres con un pedazo visible de la muralla. Como en lontananza no se distingue un pijo, pero nada, a diez metros no hay más que niebla, imaginaros la diversión. Me atrae que en un ensanche hay preparada una pequeña grada de metal y pienso si será un estrado acondicionado para autoridades. En seguida salgo de dudas, lo llena un grupo de norteamericanos a los que les hacen la foto y les cobran lo suyo. Claro, en condiciones normales al fondo debería divisarse la asombrosa serpiente de piedra lamiendo laderas hasta perderse en lontananza, pero hoy los sonrientes yanquees acaban de hacerse una bonita foto contra el blanco pegajoso de la niebla.
Cuando se llega a una torre se produce un lógico atasco. Sólo tienen dos puertas, una para entrar y otra para salir. En las paredes de las torres se acumulan las pintadas: Yang llego hasta aquí, Lí quiere a Ying, japonés el que lo lea, etc. Sigamos, te dices, la gente se irá cansando, y lo sigues diciendo tres kilómetros más allá, rodeado de peña que ha traído su comida y se sienta en los escalones a zampar. Ves la barandilla que acompaña los laterales en todo momento y te parece exagerada, un tanto inútil, quizá válida para esos ancianos indómitos que con parsimonia y tenacidad aún resisten el rompepiernas de este sube y baja con una inmensa sonrisa en la boca (¿o será un gesto forzado de dolor?), como si, por fin, estuvieran cumpliendo su sueño de toda la vida, su arribada a Lourdes.
A pesar de que la niebla no es sólo niebla sino que en ocasiones se parece más a un chirimiri que moja, e incluso en las cumbres a una ventisca que cala, la mayoría camina en camiseta y pantalones cortos, lo más un chubasquero de plasticuchi. Esto es un palizón, pero nadie se detiene, es como una obsesión colectiva, caminamos contagiados de un ansia irrefrenable por llegar ¿a dónde? Las chicas no pueden reprimir los coloretes naturales que les hacen perder esa palidez que tanto anhelan y los hombres vamos cuajados en sudor con surtidores en la frente y en el bozo, añádanse los habituales de oquedades y confluencias. Cuanto más avanzas más yuanes cuesta la botella de agua mineral y más retorcidos y oportunistas son los souvenirs: camisetas con la leyenda “I climbed the Great Wall”, que muchos compran para poderse poner una seca, tazas de desayuno con tu foto, en la que debería aparecer al fondo la muralla, también llaveros o simplemente placas plastificadas. Pero no, señores, la niebla no levanta, y seguimos caminando, absortos en continuar, en devorar una tramo significativo de esta obra mítica de la arquitectura mundial, que se ve desde la luna pero no desde aquí.
Por fin se empieza a caminar un poco suelto, qué llevaremos, ¿cuatro kilómetros? ¿Cinco? Me es imposible saberlo. La niebla lo engulle todo, no hay referencias, a veces se oyen vajidos lejanos o el eco del claxon de un autobús. En un día diáfano esto debe de ser la hostia, con vistas espectaculares. A ambos lados de la muralla se adivina un bosque espeso de avellanos, hayas y majuelos, de vez en cuando se distinguen unos riscos asomando el hombro sobre la floresta. Pero eso es todo, podríamos estar caminando por un decorado en círculos, rodeados de humo artificial.
En una torre se acaba el gato. No puede ser. Desciendes por un lateral. El agua ya está aquí a 10 yuanes, normalmente vale uno o dos. En un chiriguito te graban tu nombre (chino) en una plaquita que dice algo así “El hombre se hace un héroe cuando llega a la Gran Muralla”; en este pican los guiris, los chinos se conforman con el diploma, un simple cartoncillo al uso “Don fulano llegó a la Gan Muralla el día tal de tal….” que te rellenas tú mismo a boli y debe ser bastante barato a tenor de la demanda que tiene.
Encuentro a algunos de los compañeros que hablan de descender en telesilla. No es mal plan, tengo las piernas destrozadas y sólo la idea de regresar entre el gentío me aterra, no quiero imaginarme lo que piensan los ancianos que tengo a mi lado sobre volver, volver, volver. En esto me fijo en un cartel indicador, el primero que veo y observo que queda un tramo largo que nace ahí delante, atravesando ese túnel. Los compañeros me llaman desde lejos, la muralla me llama entre la niebla. Nos espera una comida rápida y de nuevo el autobús en dirección a las tumbas Ming. Trato de adivinar el nuevo recorrido más allá de las entretelas de la bruma, siento la llamada. Les digo que no me esperen. Que, llegado el momento, se marchen sin mí.
El rollo cambia. Aquí la muralla se pone seria. Las subidas son más pronunciadas, los escalones más altos e irregulares. La inclinación de ciertos tramos es vertiginosa y la barandilla se hace imprescindible. No se vende agua ni chorradas. Ha descendido notablemente el caudal de gente. Unas chicas se están haciendo una foto en grupo, gritan yi-er-san (uno-dos-tres) y saltan al tiempo que otra dispara. Me gusta la idea, sonrío y una me pide en chinglish que me una a ellas. Of course. Contagiado, un hombre me pide por señas si su amigo puede hacerle una foto junto a mí. Nos pasamos el brazo por la espalda y noto su enorme emoción al tener tan cerca por primera vez a un marciano.
Voy roto, subiendo una cuesta imposible, una familia regresa del más allá, del estómago de la niebla, los padres aferrados a la barandilla, jadeando, el niño dando saltitos, de escalón en escalón, como si fuera un juego. Miro a la madre y me sonríe como si dijera: “ya ves el crío, al principio había casi que arrastrarlo”. Creo que he llegado a la torre once, no puedo con mi alma, quedan dos más. No me parece imposible alcanzarlas, me aterra el regreso. Hace un rato, por fin una anciana ha dado síntomas de flaqueza, ha resbalado y se ha quedado cruzada en la pista. He oído su gritito y he intentado regresar para ayudarla a levantarse, ¿de qué? Con esa sonrisa incombustible que constituye la forma más económica y saludable de doparse, se levanta y continúa. Para sobrevivir en China hay que ser especialmente fuerte.
Ya casi no hay gente, tampoco papeleras, unos operarios cetrinos, lo que da una idea de cómo debe pegar aquí el sol y el aire serrano en circunstancias normales, atan a unos postes unas bolsas grandes de plástico. Los veo sentados en las barandas, fumando, habituados como sherpas. No puedo más. Me detengo en los escalones de una cuesta, hago fotos de la muralla sin gente y saco la comida que me guardé ayer del restaurante. Al verme comer con palillos una pareja joven se detiene y me saludan en inglés. Les digo en chino que soy español. “¡Qué buen acento!”. En seguida se ponen a decirme cosas en chino. Tui bu qi, wo bu qi dao (lo siento no sé). Se ríen, se hacen una foto conmigo. Cuando estoy fumándome un cigarro un niño se me acerca y me dice (supongo) que si puede sacarme una foto. “Dan-ran” (por supuesto). Le pongo una cara rara para la foto y su padre se deshueva.
La niebla no levanta. No hay esperanza. Cansinamente regreso. En un lateral la gente salta al campo. Imagino para qué, es la senda del alivio, tomo por un reguero de ñordos y hago lo propio. Después de mucho penar llego al cruce de los chiringos finales. Voy soñando con el telesilla que no aparece por ninguna parte. El camino de retorno va por la base de la muralla, un sendero de tierra empinado en el que caminamos en fila de a uno, de nuevo en romería. De entre los celajes asciende un chocante quejido lejano. Cinco minutos más tarde llegamos a un nuevo punto de bazares improvisados. En un cartel se lee: “slide cars”. Saco una entrada sin saber dónde me meto. Esta es la procedencia del chirrido, unos carricoches en fila descienden la ladera por una pendiente de raíles. Huele a goma quemada, por los frenos. Me monto junto a un grupo de hindúes. En cinco minutos estamos en la base de la montaña, en una especie de parque de atracciones. La gente se agolpa junto a un muro. Hay platillos con trozos de pepino por todas partes. Al otro lado docenas de osos negros esperan con la boca abierta a que les lancen el condumio.
Sospecho que estoy lejos del hotel en el que paramos y del bus. Desorientado tomo un taxi, de los ilegales, que me clava 30 yuanes por un viaje de un par de minutos. En el hotel no queda nadie de mi grupo. He perdido el bus.
Encuentro a algunos de los compañeros que hablan de descender en telesilla. No es mal plan, tengo las piernas destrozadas y sólo la idea de regresar entre el gentío me aterra, no quiero imaginarme lo que piensan los ancianos que tengo a mi lado sobre volver, volver, volver. En esto me fijo en un cartel indicador, el primero que veo y observo que queda un tramo largo que nace ahí delante, atravesando ese túnel. Los compañeros me llaman desde lejos, la muralla me llama entre la niebla. Nos espera una comida rápida y de nuevo el autobús en dirección a las tumbas Ming. Trato de adivinar el nuevo recorrido más allá de las entretelas de la bruma, siento la llamada. Les digo que no me esperen. Que, llegado el momento, se marchen sin mí.
El rollo cambia. Aquí la muralla se pone seria. Las subidas son más pronunciadas, los escalones más altos e irregulares. La inclinación de ciertos tramos es vertiginosa y la barandilla se hace imprescindible. No se vende agua ni chorradas. Ha descendido notablemente el caudal de gente. Unas chicas se están haciendo una foto en grupo, gritan yi-er-san (uno-dos-tres) y saltan al tiempo que otra dispara. Me gusta la idea, sonrío y una me pide en chinglish que me una a ellas. Of course. Contagiado, un hombre me pide por señas si su amigo puede hacerle una foto junto a mí. Nos pasamos el brazo por la espalda y noto su enorme emoción al tener tan cerca por primera vez a un marciano.
Voy roto, subiendo una cuesta imposible, una familia regresa del más allá, del estómago de la niebla, los padres aferrados a la barandilla, jadeando, el niño dando saltitos, de escalón en escalón, como si fuera un juego. Miro a la madre y me sonríe como si dijera: “ya ves el crío, al principio había casi que arrastrarlo”. Creo que he llegado a la torre once, no puedo con mi alma, quedan dos más. No me parece imposible alcanzarlas, me aterra el regreso. Hace un rato, por fin una anciana ha dado síntomas de flaqueza, ha resbalado y se ha quedado cruzada en la pista. He oído su gritito y he intentado regresar para ayudarla a levantarse, ¿de qué? Con esa sonrisa incombustible que constituye la forma más económica y saludable de doparse, se levanta y continúa. Para sobrevivir en China hay que ser especialmente fuerte.
Ya casi no hay gente, tampoco papeleras, unos operarios cetrinos, lo que da una idea de cómo debe pegar aquí el sol y el aire serrano en circunstancias normales, atan a unos postes unas bolsas grandes de plástico. Los veo sentados en las barandas, fumando, habituados como sherpas. No puedo más. Me detengo en los escalones de una cuesta, hago fotos de la muralla sin gente y saco la comida que me guardé ayer del restaurante. Al verme comer con palillos una pareja joven se detiene y me saludan en inglés. Les digo en chino que soy español. “¡Qué buen acento!”. En seguida se ponen a decirme cosas en chino. Tui bu qi, wo bu qi dao (lo siento no sé). Se ríen, se hacen una foto conmigo. Cuando estoy fumándome un cigarro un niño se me acerca y me dice (supongo) que si puede sacarme una foto. “Dan-ran” (por supuesto). Le pongo una cara rara para la foto y su padre se deshueva.
La niebla no levanta. No hay esperanza. Cansinamente regreso. En un lateral la gente salta al campo. Imagino para qué, es la senda del alivio, tomo por un reguero de ñordos y hago lo propio. Después de mucho penar llego al cruce de los chiringos finales. Voy soñando con el telesilla que no aparece por ninguna parte. El camino de retorno va por la base de la muralla, un sendero de tierra empinado en el que caminamos en fila de a uno, de nuevo en romería. De entre los celajes asciende un chocante quejido lejano. Cinco minutos más tarde llegamos a un nuevo punto de bazares improvisados. En un cartel se lee: “slide cars”. Saco una entrada sin saber dónde me meto. Esta es la procedencia del chirrido, unos carricoches en fila descienden la ladera por una pendiente de raíles. Huele a goma quemada, por los frenos. Me monto junto a un grupo de hindúes. En cinco minutos estamos en la base de la montaña, en una especie de parque de atracciones. La gente se agolpa junto a un muro. Hay platillos con trozos de pepino por todas partes. Al otro lado docenas de osos negros esperan con la boca abierta a que les lancen el condumio.
Sospecho que estoy lejos del hotel en el que paramos y del bus. Desorientado tomo un taxi, de los ilegales, que me clava 30 yuanes por un viaje de un par de minutos. En el hotel no queda nadie de mi grupo. He perdido el bus.
Nota: no puedo controlar el orden en que salen las fotos, lo siento. En realidad no sé si salen.
10.7.07






La bicicleta te asimila definitivamente a Pekín. Hay que comprar una, no son caras. Por supuesto hay que regatear el precio pero se puede obtener algo que ruede y dure casi un mes por unos diez euros. La mía costó 120 yuanes, 12 euros, pero hice un trato con el vendedor, me la recompraría por la mitad de precio a final de mes y le comprometí para que me arreglara las averías que apareciesen, si aparecían, que aparecieron. Li siempre estuvo dispuesto a ello y con una profesionalidad de boxes me volvía a tener la bici dispuesta en un plisplas.
Circular por las calles de Pekín en bicicleta es un paso fundamental en la genuina integración. Si no la coges es porque eres un turista, alguien definitivamente rico o un marginado terminal. Gracias a ella y a que Pekín no tiene cuestas, las desalentadoras distancias de sus cuadras se acortan y las visiones y los acontecimientos se suceden con velocidad de cinematógrafo. Pasas, sin dolor, de un nudo de autovía al gozoso paseo arbolado, de la estrechez y los quiebros de un hutong a las sorpresas odoríficas de un mercadillo, de la Biblioteca Nacional a la Escuela Nacional de Danza. Las sorpresas salen a tu encuentro y basta guardar energías para el regreso y tomar suficiente líquido para no deshidratarse.
Creo que es gracias a esta costumbre nacional que las piernas de las chinas tienen un hermoso y atractivo torneado y estoy seguro que las enfermedades cardiovasculares y las varices tienen poco arraigo entre la población. Una imagen deliciosa es la del chico pedaleando cansinamente, extrañamente feliz, y la chica sentada de lado en el transportín, con las piernas delicadamente cruzadas y cubriéndose con una sombrilla. En China tener la piel tostada no es signo de distinción sino de todo lo contrario, en las zonas de cosméticos de los grandes almacenes las cremas decoloradoras de la piel se llevan más de la mitad de los estantes.
Me dan envidia esas bicicletas autolimentadas, no sé si se llaman así, esas que son medio bici medio moto eléctrica. Son silenciosas, rápidas y cuándo te cansas le das al puño y reposas las piernas en el cuadro. En los últimos años se ha reducido mucho el parque de bicicletas, se van sustituyendo por los coches, aún así no es fácil hacer una foto en cualquier punto de la ciudad en la que no salga por delante el barrido borroso de un ciclista. Sospecho que este enjambre permanente de bicicletas tiene los días contados. Todavía hoy conviven con el tráfico, pero cuando los pekineses hagan como en el resto del mundo y adquiera cada cual su cochecito, la locura que ya es conducir en esta ciudad se convertirá en un auténtico suplicio. Creo que ahora sólo tiene coche un 10% de los que podrían tenerlo y a las horas punta los atascos ya son de tal calibre que los taxistas a veces atraviesan por el subterráneo del parking de un centro comercial para buscar una salida del embotellamiento.
Lo cierto es que se nota que el tráfico rodado es aquí algo absolutamente novedoso. No sé si te dan el carné en una tómbola pero lo parece. No se respetan las más esenciales normas de circulación, no se pone el intermitente, se invade sin previo aviso el carril contrario, se cambia de dirección por la patilla, el semáforo es una escultura incómoda e inútil, y así. Conviene saber que los pasos de cebra están pintados en las calles para que sepas por dónde puedes cruzar pero no para que confíes en que te conceden la impunidad. El código de preferencia está basado en el tamaño del vehículo. El Audi A8 se incorpora en la autovía como si tuviera la preferencia que tiene al entrar en el garaje de su casa y sólo cede ante los Hammer o los autobuses, verdaderos señores de la jungla; las furgonetas ceden el paso a los buses pero de ninguna manera a los taxistas que, junto a los demás utilitarios, constituyen el siguiente peldaño en el escalafón y sólo se detienen por los anteriores o por un semáforo con guardia adjunto. Las motos y los motocarros les siguen por detrás y debido a su movilidad pueden hacer cualquier tipo de diablura en cualquier momento. Después quedan las miríadas de bicicletas absolutamente ubicuas y capaces de moverse son la soltura de las motas de polvo en el espacio. Y por último, está el peatón, el indefenso viandante, que debe en todo momento cederle el paso a todos los demás, incluso si está el semáforo con el muñequito en verde y se encuentra claramente sobre las rayas blancas bien pintadas en el asfalto.
No te hagas el ciudadano-yo-tengo-mis-derechos en Pekín si no quieres perder una pierna. Cualquier punto de la calzada puede ser invadido por un vehículo en cualquier dirección, en cualquier momento. Esto exige un alto grado de atención y visión periférica, como la de los animales. Da la sensación de que se ha pasado de manejar una bicicleta a conducir un coche sin la más mínima transición. De hecho lo que más se oye en esta ciudad es el sonido persistente de los claxon. Como si fuera el timbre de la bicicleta “¡Qué voy!” “¡Quita!” “¡Vamos!”, eso parecen decir las bocinas. Por otro lado, no he visto broncas y no parece que se insulten, sólo se pitan, constantemente. Es una especie de tráfico subjetivo en el que cuentan más el instinto y la actitud depredadora del conductor que las normas de circulación. Pudiera ser que las normas, tan útiles por otra parte, redujesen el umbral de los reflejos, que el sujeto permanentemente atento al resto sea más eficaz conductor que el que se mantiene atento exclusivamente a las señales y a sus derechos. Por ahora el sistema funciona milagrosamente en las calles Pekín pero tendrán muchísimos problemas cuando los concesionarios se harten de vender coches.
Encuentro una visera en medio de la acera. Detengo la bicicleta para recogerla. Me va a hacer falta. Parece que esta atmósfera de horchata y este bochorno sofocante van a disolverse finalmente en una tormenta de verano. Las chicharras, que aún suenan dentro de la ciudad y son más chirriantes y agudas que las españolas, están especialmente pelmazas. En la Escuela de Cine de Pekín se oye una abubilla ulular con mucho ahínco. Los truenos suenan muy altos, estratosféricos, como si las nubes de la tormenta estuvieran por encima del edredón de calima láctea y contaminación, como si rebotaran juguetones por ahí arriba y no quisieran bajar.
Pero va a caer. Lo percibo a mi alrededor. Con cada trueno los ciclistas aprietan los dientes y aceleran el ritmo del pedal, también los viandantes. Todo se vuelve más ágil e inesperadamente poco comunicativo. Caen algunas gotas, el abuelo se baja la pernera remangada del pantalón y guarda la pipa, los niños recogen la pelota. Me adelanta un papel volando, luego se eleva y desaparece en el cielo negro. Se ha hecho de noche. Es difícil distinguir al resto de ciclistas, nadie lleva luces. La visera me va a hacer un favor extraordinario para protegerme las gafas.
Al volver una esquina el viento arrecia y un poco más allá, de una bocacalle estrecha, empiezan a salir objetos en tromba como si fuera la entrada a la plaza de Pamplona: una bolsa, un paraguas, un gorro, cientos de papeles, una lluvia de hojas de acacia. El embudo de aire se expande hacia los lados, casi tumba a la chica que va delante de mí, un señor se refugia tras una cabina. Definitivamente me apeo de la bici y busco protección bajo la marquesina de un bar. Ahora entran los cabestros, son dos sillas de pvc de la terraza de un bar, van tumbadas con las patas hacia delante y llevan una velocidad formidable, no menos de 60 km hora. Enfilan la gran avenida y la cruzan milagrosamente sin golpearse con ningún vehículo. Antes de que podamos darnos cuenta aparece el toro, una sombrilla enorme verde, abierta como una vela de windsurf, se mete directa en la avenida y detiene el tráfico, golpea contra el lateral de un taxi y se eleva como una cometa saltando por encima de un muro. El aire se detiene. Hay un extraño momento de calma. Ahora corre todo el mundo, es el último lapsus entre el segundo y el tercer cohete. Caen gotas grandes, sueltas, amenazadoras, y con ellas una nube de partículas negras que se pega a mi camiseta. Recuerdo ahora que por la mañana he visto en la tele imágenes de inundaciones y me viene el aspecto inquietante que presentaba el sol por la tarde, un pegote aplastado de carmín sucio, la llaga de una quemadura en un brazo con un cigarro puro.
Cuando entro en el recinto Universitario empieza a llover. Me queda un kilómetro largo para llegar a mi residencia. Los truenos ahora son omnipresentes, han desgarrado el tímpano de nubes y retumban entre los edificios con maldad. La calle es un hervidero de carreras y paraguas. Pletórico de adrenalina pedaleo como un loco, faltan segundos para la tromba. Siento muchos deseos de gritar, de emitir una especie de ¡Hieeeee! ¡Yiepa! ¡Oeeeo! Me contengo y en esas me adelanta uno profiriendo un selvático berrido de animal. Gritamos los dos. Se oyen otros gritos a los lejos. Gritos de satisfacción. El cielo se desploma en una manta de agua.
En mi cuarto descubro que la nube de partículas que llevo adherida a la camiseta resultan ser diminutos pulgones negros.
Después de la lluvia ese equipo de no se sabe quién, no se sabe por qué, no se sabe pertenecientes a qué departamento, se pone en marcha y con escobas, palas y cepillos, empieza a empujar el agua de los charcos. Y con el agua, la suciedad, los vasos de plástico, los papeles mojados, los palillos de los pinchos, las colillas. Todo comienza a ser impulsado en una sola dirección, de una escoba a otra, de un lado al otro lado de la calle, generando un largo río callejero que avanza hacia no se sabe dónde. La luz es brillante, el cielo mantiene la consistencia lechosa pero por primera vez anaranjada, con apariencia de cielo real. El aire está limpio y se puede respirar de un modo normal. Las bicicletas vuelven a un ritmo sosegado, plácido, y es habitual ver las punteras de los zapatos que señalan hacia el exterior de los pedales, como cuando el suelo está recién fregado y se camina con los tacones, no queriendo ensuciar la maravilla de la lluvia.
Circular por las calles de Pekín en bicicleta es un paso fundamental en la genuina integración. Si no la coges es porque eres un turista, alguien definitivamente rico o un marginado terminal. Gracias a ella y a que Pekín no tiene cuestas, las desalentadoras distancias de sus cuadras se acortan y las visiones y los acontecimientos se suceden con velocidad de cinematógrafo. Pasas, sin dolor, de un nudo de autovía al gozoso paseo arbolado, de la estrechez y los quiebros de un hutong a las sorpresas odoríficas de un mercadillo, de la Biblioteca Nacional a la Escuela Nacional de Danza. Las sorpresas salen a tu encuentro y basta guardar energías para el regreso y tomar suficiente líquido para no deshidratarse.
Creo que es gracias a esta costumbre nacional que las piernas de las chinas tienen un hermoso y atractivo torneado y estoy seguro que las enfermedades cardiovasculares y las varices tienen poco arraigo entre la población. Una imagen deliciosa es la del chico pedaleando cansinamente, extrañamente feliz, y la chica sentada de lado en el transportín, con las piernas delicadamente cruzadas y cubriéndose con una sombrilla. En China tener la piel tostada no es signo de distinción sino de todo lo contrario, en las zonas de cosméticos de los grandes almacenes las cremas decoloradoras de la piel se llevan más de la mitad de los estantes.
Me dan envidia esas bicicletas autolimentadas, no sé si se llaman así, esas que son medio bici medio moto eléctrica. Son silenciosas, rápidas y cuándo te cansas le das al puño y reposas las piernas en el cuadro. En los últimos años se ha reducido mucho el parque de bicicletas, se van sustituyendo por los coches, aún así no es fácil hacer una foto en cualquier punto de la ciudad en la que no salga por delante el barrido borroso de un ciclista. Sospecho que este enjambre permanente de bicicletas tiene los días contados. Todavía hoy conviven con el tráfico, pero cuando los pekineses hagan como en el resto del mundo y adquiera cada cual su cochecito, la locura que ya es conducir en esta ciudad se convertirá en un auténtico suplicio. Creo que ahora sólo tiene coche un 10% de los que podrían tenerlo y a las horas punta los atascos ya son de tal calibre que los taxistas a veces atraviesan por el subterráneo del parking de un centro comercial para buscar una salida del embotellamiento.
Lo cierto es que se nota que el tráfico rodado es aquí algo absolutamente novedoso. No sé si te dan el carné en una tómbola pero lo parece. No se respetan las más esenciales normas de circulación, no se pone el intermitente, se invade sin previo aviso el carril contrario, se cambia de dirección por la patilla, el semáforo es una escultura incómoda e inútil, y así. Conviene saber que los pasos de cebra están pintados en las calles para que sepas por dónde puedes cruzar pero no para que confíes en que te conceden la impunidad. El código de preferencia está basado en el tamaño del vehículo. El Audi A8 se incorpora en la autovía como si tuviera la preferencia que tiene al entrar en el garaje de su casa y sólo cede ante los Hammer o los autobuses, verdaderos señores de la jungla; las furgonetas ceden el paso a los buses pero de ninguna manera a los taxistas que, junto a los demás utilitarios, constituyen el siguiente peldaño en el escalafón y sólo se detienen por los anteriores o por un semáforo con guardia adjunto. Las motos y los motocarros les siguen por detrás y debido a su movilidad pueden hacer cualquier tipo de diablura en cualquier momento. Después quedan las miríadas de bicicletas absolutamente ubicuas y capaces de moverse son la soltura de las motas de polvo en el espacio. Y por último, está el peatón, el indefenso viandante, que debe en todo momento cederle el paso a todos los demás, incluso si está el semáforo con el muñequito en verde y se encuentra claramente sobre las rayas blancas bien pintadas en el asfalto.
No te hagas el ciudadano-yo-tengo-mis-derechos en Pekín si no quieres perder una pierna. Cualquier punto de la calzada puede ser invadido por un vehículo en cualquier dirección, en cualquier momento. Esto exige un alto grado de atención y visión periférica, como la de los animales. Da la sensación de que se ha pasado de manejar una bicicleta a conducir un coche sin la más mínima transición. De hecho lo que más se oye en esta ciudad es el sonido persistente de los claxon. Como si fuera el timbre de la bicicleta “¡Qué voy!” “¡Quita!” “¡Vamos!”, eso parecen decir las bocinas. Por otro lado, no he visto broncas y no parece que se insulten, sólo se pitan, constantemente. Es una especie de tráfico subjetivo en el que cuentan más el instinto y la actitud depredadora del conductor que las normas de circulación. Pudiera ser que las normas, tan útiles por otra parte, redujesen el umbral de los reflejos, que el sujeto permanentemente atento al resto sea más eficaz conductor que el que se mantiene atento exclusivamente a las señales y a sus derechos. Por ahora el sistema funciona milagrosamente en las calles Pekín pero tendrán muchísimos problemas cuando los concesionarios se harten de vender coches.
Encuentro una visera en medio de la acera. Detengo la bicicleta para recogerla. Me va a hacer falta. Parece que esta atmósfera de horchata y este bochorno sofocante van a disolverse finalmente en una tormenta de verano. Las chicharras, que aún suenan dentro de la ciudad y son más chirriantes y agudas que las españolas, están especialmente pelmazas. En la Escuela de Cine de Pekín se oye una abubilla ulular con mucho ahínco. Los truenos suenan muy altos, estratosféricos, como si las nubes de la tormenta estuvieran por encima del edredón de calima láctea y contaminación, como si rebotaran juguetones por ahí arriba y no quisieran bajar.
Pero va a caer. Lo percibo a mi alrededor. Con cada trueno los ciclistas aprietan los dientes y aceleran el ritmo del pedal, también los viandantes. Todo se vuelve más ágil e inesperadamente poco comunicativo. Caen algunas gotas, el abuelo se baja la pernera remangada del pantalón y guarda la pipa, los niños recogen la pelota. Me adelanta un papel volando, luego se eleva y desaparece en el cielo negro. Se ha hecho de noche. Es difícil distinguir al resto de ciclistas, nadie lleva luces. La visera me va a hacer un favor extraordinario para protegerme las gafas.
Al volver una esquina el viento arrecia y un poco más allá, de una bocacalle estrecha, empiezan a salir objetos en tromba como si fuera la entrada a la plaza de Pamplona: una bolsa, un paraguas, un gorro, cientos de papeles, una lluvia de hojas de acacia. El embudo de aire se expande hacia los lados, casi tumba a la chica que va delante de mí, un señor se refugia tras una cabina. Definitivamente me apeo de la bici y busco protección bajo la marquesina de un bar. Ahora entran los cabestros, son dos sillas de pvc de la terraza de un bar, van tumbadas con las patas hacia delante y llevan una velocidad formidable, no menos de 60 km hora. Enfilan la gran avenida y la cruzan milagrosamente sin golpearse con ningún vehículo. Antes de que podamos darnos cuenta aparece el toro, una sombrilla enorme verde, abierta como una vela de windsurf, se mete directa en la avenida y detiene el tráfico, golpea contra el lateral de un taxi y se eleva como una cometa saltando por encima de un muro. El aire se detiene. Hay un extraño momento de calma. Ahora corre todo el mundo, es el último lapsus entre el segundo y el tercer cohete. Caen gotas grandes, sueltas, amenazadoras, y con ellas una nube de partículas negras que se pega a mi camiseta. Recuerdo ahora que por la mañana he visto en la tele imágenes de inundaciones y me viene el aspecto inquietante que presentaba el sol por la tarde, un pegote aplastado de carmín sucio, la llaga de una quemadura en un brazo con un cigarro puro.
Cuando entro en el recinto Universitario empieza a llover. Me queda un kilómetro largo para llegar a mi residencia. Los truenos ahora son omnipresentes, han desgarrado el tímpano de nubes y retumban entre los edificios con maldad. La calle es un hervidero de carreras y paraguas. Pletórico de adrenalina pedaleo como un loco, faltan segundos para la tromba. Siento muchos deseos de gritar, de emitir una especie de ¡Hieeeee! ¡Yiepa! ¡Oeeeo! Me contengo y en esas me adelanta uno profiriendo un selvático berrido de animal. Gritamos los dos. Se oyen otros gritos a los lejos. Gritos de satisfacción. El cielo se desploma en una manta de agua.
En mi cuarto descubro que la nube de partículas que llevo adherida a la camiseta resultan ser diminutos pulgones negros.
Después de la lluvia ese equipo de no se sabe quién, no se sabe por qué, no se sabe pertenecientes a qué departamento, se pone en marcha y con escobas, palas y cepillos, empieza a empujar el agua de los charcos. Y con el agua, la suciedad, los vasos de plástico, los papeles mojados, los palillos de los pinchos, las colillas. Todo comienza a ser impulsado en una sola dirección, de una escoba a otra, de un lado al otro lado de la calle, generando un largo río callejero que avanza hacia no se sabe dónde. La luz es brillante, el cielo mantiene la consistencia lechosa pero por primera vez anaranjada, con apariencia de cielo real. El aire está limpio y se puede respirar de un modo normal. Las bicicletas vuelven a un ritmo sosegado, plácido, y es habitual ver las punteras de los zapatos que señalan hacia el exterior de los pedales, como cuando el suelo está recién fregado y se camina con los tacones, no queriendo ensuciar la maravilla de la lluvia.
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