










La Gran Muralla de niebla.
La que vulgarmente llamamos "Muralla China" y que aquí se llama estrictamente Gran Muralla, se empezó a construir probablemente antes que las murallas de Jericó, varios docenas de siglos antes de Cristo. Cierto que al principio no era más que un gran muro de arena que servía para parapetar arqueros contra las invasiones de los siempre oportunistas mongoles y sus incursiones por riquezas y mujeres. Pero la ideita siempre pareció interesante a todos los emperadores, desde Qin Shi Huandi (que la solidificó en el 210 a.n.e), hasta los de la dinastía Ming (s. XIV-XVII), y cada uno fue añadiéndole un poco más de arena, un tantito de altura, unas piedrecitas, unos sillares, unas torres, unos cuantos kilómetros, así hasta lograr esos 5.000 km que la hacen perfectamente desproporcionada. Sobre todo si se tiene en cuenta que no les sirvió de mucho para evitar la invasión de Genghis Khan en el siglo XIII y en el XVII de los Manchúes. Pero ese rollito de protegerse de las fuerzas externas siempre les ha entusiasmado a los gobiernos imperialistas y desde luego constituía un modo práctico de tener gente ocupada. Mientras se construía la muralla los ejércitos fronterizos no estaban ociosos.
Hay una autopista que une Beijing con Badaling, que es el lugar por antonomasia para visitar la Gran Muralla. Arranca de la capital con cuatro o seis carriles, cuando empieza a ascender hacia el macizo montañoso sólo dispone de tres, a veinte kilómetros de dos, y a unos diez se queda en carretera secundaria adoquinada. Teniendo en cuenta que debe ser el monumento más visitado del mundo, el dato lo aporto yo, os podéis imaginar el atasco descomunal que se monta: tipo 1 de agosto la Junquera años 80. En fin, para hacer algo más de 70 km, sales a las ocho de la mañana y te plantas allí a las once y media.
Hay un gran recibimiento comercial de varios kilómetros de tiendecitas y chiringuitos y un auténtico laberinto de atracciones y aparcamientos, pero finalmente y tras una entrada cuerpo a cuerpo, como cuando se va a ver a los Rolling, te ves pisando la muralla, porque al principio no puedes ver otra cosa, sólo el suelo empedrado y miríadas de gente.
Conviene decir que elegimos un día especialmente neblinoso. Las brumas y calinas abundan por estas tierras y se agarran especialmente a las cumbres, y aquí uno empieza a entender porqué y cómo se pintaban esos cuadros que me han fascinado toda la vida.
La sensación de boca de estación de metro en hora punta se mantiene durante una hora larga. Se camina codo con codo con miles, casi me atrevería a decir millones (que aquí no es ofender) de turistas internos y externos, en una alegre algarabía, un mixtifori de lenguas y pelajes, donde cada cual intenta la hazaña de sacar una foto de sus congéneres con un pedazo visible de la muralla. Como en lontananza no se distingue un pijo, pero nada, a diez metros no hay más que niebla, imaginaros la diversión. Me atrae que en un ensanche hay preparada una pequeña grada de metal y pienso si será un estrado acondicionado para autoridades. En seguida salgo de dudas, lo llena un grupo de norteamericanos a los que les hacen la foto y les cobran lo suyo. Claro, en condiciones normales al fondo debería divisarse la asombrosa serpiente de piedra lamiendo laderas hasta perderse en lontananza, pero hoy los sonrientes yanquees acaban de hacerse una bonita foto contra el blanco pegajoso de la niebla.
Cuando se llega a una torre se produce un lógico atasco. Sólo tienen dos puertas, una para entrar y otra para salir. En las paredes de las torres se acumulan las pintadas: Yang llego hasta aquí, Lí quiere a Ying, japonés el que lo lea, etc. Sigamos, te dices, la gente se irá cansando, y lo sigues diciendo tres kilómetros más allá, rodeado de peña que ha traído su comida y se sienta en los escalones a zampar. Ves la barandilla que acompaña los laterales en todo momento y te parece exagerada, un tanto inútil, quizá válida para esos ancianos indómitos que con parsimonia y tenacidad aún resisten el rompepiernas de este sube y baja con una inmensa sonrisa en la boca (¿o será un gesto forzado de dolor?), como si, por fin, estuvieran cumpliendo su sueño de toda la vida, su arribada a Lourdes.
A pesar de que la niebla no es sólo niebla sino que en ocasiones se parece más a un chirimiri que moja, e incluso en las cumbres a una ventisca que cala, la mayoría camina en camiseta y pantalones cortos, lo más un chubasquero de plasticuchi. Esto es un palizón, pero nadie se detiene, es como una obsesión colectiva, caminamos contagiados de un ansia irrefrenable por llegar ¿a dónde? Las chicas no pueden reprimir los coloretes naturales que les hacen perder esa palidez que tanto anhelan y los hombres vamos cuajados en sudor con surtidores en la frente y en el bozo, añádanse los habituales de oquedades y confluencias. Cuanto más avanzas más yuanes cuesta la botella de agua mineral y más retorcidos y oportunistas son los souvenirs: camisetas con la leyenda “I climbed the Great Wall”, que muchos compran para poderse poner una seca, tazas de desayuno con tu foto, en la que debería aparecer al fondo la muralla, también llaveros o simplemente placas plastificadas. Pero no, señores, la niebla no levanta, y seguimos caminando, absortos en continuar, en devorar una tramo significativo de esta obra mítica de la arquitectura mundial, que se ve desde la luna pero no desde aquí.
Por fin se empieza a caminar un poco suelto, qué llevaremos, ¿cuatro kilómetros? ¿Cinco? Me es imposible saberlo. La niebla lo engulle todo, no hay referencias, a veces se oyen vajidos lejanos o el eco del claxon de un autobús. En un día diáfano esto debe de ser la hostia, con vistas espectaculares. A ambos lados de la muralla se adivina un bosque espeso de avellanos, hayas y majuelos, de vez en cuando se distinguen unos riscos asomando el hombro sobre la floresta. Pero eso es todo, podríamos estar caminando por un decorado en círculos, rodeados de humo artificial.
La que vulgarmente llamamos "Muralla China" y que aquí se llama estrictamente Gran Muralla, se empezó a construir probablemente antes que las murallas de Jericó, varios docenas de siglos antes de Cristo. Cierto que al principio no era más que un gran muro de arena que servía para parapetar arqueros contra las invasiones de los siempre oportunistas mongoles y sus incursiones por riquezas y mujeres. Pero la ideita siempre pareció interesante a todos los emperadores, desde Qin Shi Huandi (que la solidificó en el 210 a.n.e), hasta los de la dinastía Ming (s. XIV-XVII), y cada uno fue añadiéndole un poco más de arena, un tantito de altura, unas piedrecitas, unos sillares, unas torres, unos cuantos kilómetros, así hasta lograr esos 5.000 km que la hacen perfectamente desproporcionada. Sobre todo si se tiene en cuenta que no les sirvió de mucho para evitar la invasión de Genghis Khan en el siglo XIII y en el XVII de los Manchúes. Pero ese rollito de protegerse de las fuerzas externas siempre les ha entusiasmado a los gobiernos imperialistas y desde luego constituía un modo práctico de tener gente ocupada. Mientras se construía la muralla los ejércitos fronterizos no estaban ociosos.
Hay una autopista que une Beijing con Badaling, que es el lugar por antonomasia para visitar la Gran Muralla. Arranca de la capital con cuatro o seis carriles, cuando empieza a ascender hacia el macizo montañoso sólo dispone de tres, a veinte kilómetros de dos, y a unos diez se queda en carretera secundaria adoquinada. Teniendo en cuenta que debe ser el monumento más visitado del mundo, el dato lo aporto yo, os podéis imaginar el atasco descomunal que se monta: tipo 1 de agosto la Junquera años 80. En fin, para hacer algo más de 70 km, sales a las ocho de la mañana y te plantas allí a las once y media.
Hay un gran recibimiento comercial de varios kilómetros de tiendecitas y chiringuitos y un auténtico laberinto de atracciones y aparcamientos, pero finalmente y tras una entrada cuerpo a cuerpo, como cuando se va a ver a los Rolling, te ves pisando la muralla, porque al principio no puedes ver otra cosa, sólo el suelo empedrado y miríadas de gente.
Conviene decir que elegimos un día especialmente neblinoso. Las brumas y calinas abundan por estas tierras y se agarran especialmente a las cumbres, y aquí uno empieza a entender porqué y cómo se pintaban esos cuadros que me han fascinado toda la vida.
La sensación de boca de estación de metro en hora punta se mantiene durante una hora larga. Se camina codo con codo con miles, casi me atrevería a decir millones (que aquí no es ofender) de turistas internos y externos, en una alegre algarabía, un mixtifori de lenguas y pelajes, donde cada cual intenta la hazaña de sacar una foto de sus congéneres con un pedazo visible de la muralla. Como en lontananza no se distingue un pijo, pero nada, a diez metros no hay más que niebla, imaginaros la diversión. Me atrae que en un ensanche hay preparada una pequeña grada de metal y pienso si será un estrado acondicionado para autoridades. En seguida salgo de dudas, lo llena un grupo de norteamericanos a los que les hacen la foto y les cobran lo suyo. Claro, en condiciones normales al fondo debería divisarse la asombrosa serpiente de piedra lamiendo laderas hasta perderse en lontananza, pero hoy los sonrientes yanquees acaban de hacerse una bonita foto contra el blanco pegajoso de la niebla.
Cuando se llega a una torre se produce un lógico atasco. Sólo tienen dos puertas, una para entrar y otra para salir. En las paredes de las torres se acumulan las pintadas: Yang llego hasta aquí, Lí quiere a Ying, japonés el que lo lea, etc. Sigamos, te dices, la gente se irá cansando, y lo sigues diciendo tres kilómetros más allá, rodeado de peña que ha traído su comida y se sienta en los escalones a zampar. Ves la barandilla que acompaña los laterales en todo momento y te parece exagerada, un tanto inútil, quizá válida para esos ancianos indómitos que con parsimonia y tenacidad aún resisten el rompepiernas de este sube y baja con una inmensa sonrisa en la boca (¿o será un gesto forzado de dolor?), como si, por fin, estuvieran cumpliendo su sueño de toda la vida, su arribada a Lourdes.
A pesar de que la niebla no es sólo niebla sino que en ocasiones se parece más a un chirimiri que moja, e incluso en las cumbres a una ventisca que cala, la mayoría camina en camiseta y pantalones cortos, lo más un chubasquero de plasticuchi. Esto es un palizón, pero nadie se detiene, es como una obsesión colectiva, caminamos contagiados de un ansia irrefrenable por llegar ¿a dónde? Las chicas no pueden reprimir los coloretes naturales que les hacen perder esa palidez que tanto anhelan y los hombres vamos cuajados en sudor con surtidores en la frente y en el bozo, añádanse los habituales de oquedades y confluencias. Cuanto más avanzas más yuanes cuesta la botella de agua mineral y más retorcidos y oportunistas son los souvenirs: camisetas con la leyenda “I climbed the Great Wall”, que muchos compran para poderse poner una seca, tazas de desayuno con tu foto, en la que debería aparecer al fondo la muralla, también llaveros o simplemente placas plastificadas. Pero no, señores, la niebla no levanta, y seguimos caminando, absortos en continuar, en devorar una tramo significativo de esta obra mítica de la arquitectura mundial, que se ve desde la luna pero no desde aquí.
Por fin se empieza a caminar un poco suelto, qué llevaremos, ¿cuatro kilómetros? ¿Cinco? Me es imposible saberlo. La niebla lo engulle todo, no hay referencias, a veces se oyen vajidos lejanos o el eco del claxon de un autobús. En un día diáfano esto debe de ser la hostia, con vistas espectaculares. A ambos lados de la muralla se adivina un bosque espeso de avellanos, hayas y majuelos, de vez en cuando se distinguen unos riscos asomando el hombro sobre la floresta. Pero eso es todo, podríamos estar caminando por un decorado en círculos, rodeados de humo artificial.
En una torre se acaba el gato. No puede ser. Desciendes por un lateral. El agua ya está aquí a 10 yuanes, normalmente vale uno o dos. En un chiriguito te graban tu nombre (chino) en una plaquita que dice algo así “El hombre se hace un héroe cuando llega a la Gran Muralla”; en este pican los guiris, los chinos se conforman con el diploma, un simple cartoncillo al uso “Don fulano llegó a la Gan Muralla el día tal de tal….” que te rellenas tú mismo a boli y debe ser bastante barato a tenor de la demanda que tiene.
Encuentro a algunos de los compañeros que hablan de descender en telesilla. No es mal plan, tengo las piernas destrozadas y sólo la idea de regresar entre el gentío me aterra, no quiero imaginarme lo que piensan los ancianos que tengo a mi lado sobre volver, volver, volver. En esto me fijo en un cartel indicador, el primero que veo y observo que queda un tramo largo que nace ahí delante, atravesando ese túnel. Los compañeros me llaman desde lejos, la muralla me llama entre la niebla. Nos espera una comida rápida y de nuevo el autobús en dirección a las tumbas Ming. Trato de adivinar el nuevo recorrido más allá de las entretelas de la bruma, siento la llamada. Les digo que no me esperen. Que, llegado el momento, se marchen sin mí.
El rollo cambia. Aquí la muralla se pone seria. Las subidas son más pronunciadas, los escalones más altos e irregulares. La inclinación de ciertos tramos es vertiginosa y la barandilla se hace imprescindible. No se vende agua ni chorradas. Ha descendido notablemente el caudal de gente. Unas chicas se están haciendo una foto en grupo, gritan yi-er-san (uno-dos-tres) y saltan al tiempo que otra dispara. Me gusta la idea, sonrío y una me pide en chinglish que me una a ellas. Of course. Contagiado, un hombre me pide por señas si su amigo puede hacerle una foto junto a mí. Nos pasamos el brazo por la espalda y noto su enorme emoción al tener tan cerca por primera vez a un marciano.
Voy roto, subiendo una cuesta imposible, una familia regresa del más allá, del estómago de la niebla, los padres aferrados a la barandilla, jadeando, el niño dando saltitos, de escalón en escalón, como si fuera un juego. Miro a la madre y me sonríe como si dijera: “ya ves el crío, al principio había casi que arrastrarlo”. Creo que he llegado a la torre once, no puedo con mi alma, quedan dos más. No me parece imposible alcanzarlas, me aterra el regreso. Hace un rato, por fin una anciana ha dado síntomas de flaqueza, ha resbalado y se ha quedado cruzada en la pista. He oído su gritito y he intentado regresar para ayudarla a levantarse, ¿de qué? Con esa sonrisa incombustible que constituye la forma más económica y saludable de doparse, se levanta y continúa. Para sobrevivir en China hay que ser especialmente fuerte.
Ya casi no hay gente, tampoco papeleras, unos operarios cetrinos, lo que da una idea de cómo debe pegar aquí el sol y el aire serrano en circunstancias normales, atan a unos postes unas bolsas grandes de plástico. Los veo sentados en las barandas, fumando, habituados como sherpas. No puedo más. Me detengo en los escalones de una cuesta, hago fotos de la muralla sin gente y saco la comida que me guardé ayer del restaurante. Al verme comer con palillos una pareja joven se detiene y me saludan en inglés. Les digo en chino que soy español. “¡Qué buen acento!”. En seguida se ponen a decirme cosas en chino. Tui bu qi, wo bu qi dao (lo siento no sé). Se ríen, se hacen una foto conmigo. Cuando estoy fumándome un cigarro un niño se me acerca y me dice (supongo) que si puede sacarme una foto. “Dan-ran” (por supuesto). Le pongo una cara rara para la foto y su padre se deshueva.
La niebla no levanta. No hay esperanza. Cansinamente regreso. En un lateral la gente salta al campo. Imagino para qué, es la senda del alivio, tomo por un reguero de ñordos y hago lo propio. Después de mucho penar llego al cruce de los chiringos finales. Voy soñando con el telesilla que no aparece por ninguna parte. El camino de retorno va por la base de la muralla, un sendero de tierra empinado en el que caminamos en fila de a uno, de nuevo en romería. De entre los celajes asciende un chocante quejido lejano. Cinco minutos más tarde llegamos a un nuevo punto de bazares improvisados. En un cartel se lee: “slide cars”. Saco una entrada sin saber dónde me meto. Esta es la procedencia del chirrido, unos carricoches en fila descienden la ladera por una pendiente de raíles. Huele a goma quemada, por los frenos. Me monto junto a un grupo de hindúes. En cinco minutos estamos en la base de la montaña, en una especie de parque de atracciones. La gente se agolpa junto a un muro. Hay platillos con trozos de pepino por todas partes. Al otro lado docenas de osos negros esperan con la boca abierta a que les lancen el condumio.
Sospecho que estoy lejos del hotel en el que paramos y del bus. Desorientado tomo un taxi, de los ilegales, que me clava 30 yuanes por un viaje de un par de minutos. En el hotel no queda nadie de mi grupo. He perdido el bus.
Encuentro a algunos de los compañeros que hablan de descender en telesilla. No es mal plan, tengo las piernas destrozadas y sólo la idea de regresar entre el gentío me aterra, no quiero imaginarme lo que piensan los ancianos que tengo a mi lado sobre volver, volver, volver. En esto me fijo en un cartel indicador, el primero que veo y observo que queda un tramo largo que nace ahí delante, atravesando ese túnel. Los compañeros me llaman desde lejos, la muralla me llama entre la niebla. Nos espera una comida rápida y de nuevo el autobús en dirección a las tumbas Ming. Trato de adivinar el nuevo recorrido más allá de las entretelas de la bruma, siento la llamada. Les digo que no me esperen. Que, llegado el momento, se marchen sin mí.
El rollo cambia. Aquí la muralla se pone seria. Las subidas son más pronunciadas, los escalones más altos e irregulares. La inclinación de ciertos tramos es vertiginosa y la barandilla se hace imprescindible. No se vende agua ni chorradas. Ha descendido notablemente el caudal de gente. Unas chicas se están haciendo una foto en grupo, gritan yi-er-san (uno-dos-tres) y saltan al tiempo que otra dispara. Me gusta la idea, sonrío y una me pide en chinglish que me una a ellas. Of course. Contagiado, un hombre me pide por señas si su amigo puede hacerle una foto junto a mí. Nos pasamos el brazo por la espalda y noto su enorme emoción al tener tan cerca por primera vez a un marciano.
Voy roto, subiendo una cuesta imposible, una familia regresa del más allá, del estómago de la niebla, los padres aferrados a la barandilla, jadeando, el niño dando saltitos, de escalón en escalón, como si fuera un juego. Miro a la madre y me sonríe como si dijera: “ya ves el crío, al principio había casi que arrastrarlo”. Creo que he llegado a la torre once, no puedo con mi alma, quedan dos más. No me parece imposible alcanzarlas, me aterra el regreso. Hace un rato, por fin una anciana ha dado síntomas de flaqueza, ha resbalado y se ha quedado cruzada en la pista. He oído su gritito y he intentado regresar para ayudarla a levantarse, ¿de qué? Con esa sonrisa incombustible que constituye la forma más económica y saludable de doparse, se levanta y continúa. Para sobrevivir en China hay que ser especialmente fuerte.
Ya casi no hay gente, tampoco papeleras, unos operarios cetrinos, lo que da una idea de cómo debe pegar aquí el sol y el aire serrano en circunstancias normales, atan a unos postes unas bolsas grandes de plástico. Los veo sentados en las barandas, fumando, habituados como sherpas. No puedo más. Me detengo en los escalones de una cuesta, hago fotos de la muralla sin gente y saco la comida que me guardé ayer del restaurante. Al verme comer con palillos una pareja joven se detiene y me saludan en inglés. Les digo en chino que soy español. “¡Qué buen acento!”. En seguida se ponen a decirme cosas en chino. Tui bu qi, wo bu qi dao (lo siento no sé). Se ríen, se hacen una foto conmigo. Cuando estoy fumándome un cigarro un niño se me acerca y me dice (supongo) que si puede sacarme una foto. “Dan-ran” (por supuesto). Le pongo una cara rara para la foto y su padre se deshueva.
La niebla no levanta. No hay esperanza. Cansinamente regreso. En un lateral la gente salta al campo. Imagino para qué, es la senda del alivio, tomo por un reguero de ñordos y hago lo propio. Después de mucho penar llego al cruce de los chiringos finales. Voy soñando con el telesilla que no aparece por ninguna parte. El camino de retorno va por la base de la muralla, un sendero de tierra empinado en el que caminamos en fila de a uno, de nuevo en romería. De entre los celajes asciende un chocante quejido lejano. Cinco minutos más tarde llegamos a un nuevo punto de bazares improvisados. En un cartel se lee: “slide cars”. Saco una entrada sin saber dónde me meto. Esta es la procedencia del chirrido, unos carricoches en fila descienden la ladera por una pendiente de raíles. Huele a goma quemada, por los frenos. Me monto junto a un grupo de hindúes. En cinco minutos estamos en la base de la montaña, en una especie de parque de atracciones. La gente se agolpa junto a un muro. Hay platillos con trozos de pepino por todas partes. Al otro lado docenas de osos negros esperan con la boca abierta a que les lancen el condumio.
Sospecho que estoy lejos del hotel en el que paramos y del bus. Desorientado tomo un taxi, de los ilegales, que me clava 30 yuanes por un viaje de un par de minutos. En el hotel no queda nadie de mi grupo. He perdido el bus.
Nota: no puedo controlar el orden en que salen las fotos, lo siento. En realidad no sé si salen.
2 comentarios:
Hola, tío Edu. Sí se ven las fotos, aparecen en primer lugar las últimas que has cargado.
Muy lindo todo, hay que ver cuantígsmo chino!
Un abrazo, peazo cronista, eres un fenómeno!
Eduardo, me lo he psado muy bien con tu "cachondo" relato, tienes flecos de Manuel Vicent.
Abrazos.
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