19.7.07

De comer 01, que no la primera.

En un restaurante coreano preside el centro de la mesa una barbacoa notable. Sobre ella una campana extractora de humos con el número de la mesa pintado en la chimenea. Generalmente los platos vienen fotografiados en la carta, lo cual simplifica mucho las cosas, y siempre te entregan una servilleta húmeda que uno piensa que sirve para “lavarse” las manos pero que, cuando encienden el brasero y empiezas a tragar carne, la usas, como los cirujanos, para secarte el sudor de la frente.
Para los que no pueden vivir sin su filete con patatas seguramente este sea el tipo de restauración más recomendable. La salsa de soja dulce, con mucho cilantro, mantiene la vesícula biliar en activo hasta rematar la faena, que no es corta, porque al contrario de lo que es habitual en el turisteo españó, los platos que se sirven son mucho más generosos que lo que aparentan en las fotografías; también es verdad que la carne la cortan con microtomo.
No esperen verdaderas chips, algo hay que se le parece, pero no me digan que no avisé. Corrientemente hay al menos un camarero que sabe inglés.
Cada dos por tres se renueva la parrilla. Viene uno se la lleva con unos trapos y trae inmediatamente otra reluciente. No sé porque me da por imaginar al que se pasa la jornada rascando carne socarrada y restregando hasta que los barrotes vuelven a parecer acero recién fraguado. Una por minuto calculo yo, unas ocho o diez horas.
Cuando definitivamente retiran el infierno del centro de la mesa el camarero entrega a cada comensal un heladito de lichy con palita de madera, muy rico, y fresquito. En el baño, plato turco, aquí y en casi todos los restaurantes (no siempre hay papel, conviene llevar clinex en el bolsillo/bolso).
Insisto, hay razones para considerarlo el sitio perfecto para el carnívoro enemigo de los platos incógnitos orientales ( y para sospechar del efecto secundario del heladito).

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