








Impunidad
Tenemos una agradable sensación de impunidad, de gozar de absoluta libertad para hacer y deshacer, entrar y salir de donde se nos antoje. Nadie nos detiene, nadie nos pregunta. Creemos que se debe a que somos extranjeros, intocables cargados de yuanes. En nuestra candidez de recién llegados nos creemos el santón foráneo al que todos observan y no perturban, algo hay de ello, no en vano nuestros ojos y nuestro atuendo nos delatan como extraterrestres. Yo diría que no hay más de 2.000 españoles en todo Beijíng, una ciudad de 14 millones de habitantes, comparados con los más de 20.000 residentes chinos que hay en Madrid, somos aquí una pieza especialmente rara, un oligoelemento.
No obstante, observo que, aunque todos me parecen, no iguales, pero sí muy próximos, en buena lógica, no tienen porqué conocerse entre sí. De hecho, en cuanto caigo del guindo, concluyo que la mayoría posee como mucho la confianza de la familia cercana, alguno de los compañeros de trabajo, si se mantienen en el puesto, y ese amigo o vecino íntimo. Todos son, somos, extranjeros en Beijíng. Las dimensiones del hormiguero son descomunales y todas las hormigas ignoran la procedencia y el destino del compañero de autobús. ¿El gran alienamiento total? Al contrario de lo que cabría pensar, la fusión en esa masa dinámica genera un punto de libertad añadida que se reparte con bien para todos. Cada quien es cada cual y procede a su antojo sin ser molestado ni perturbado por ello, siempre y cuando con su actitud no perjudique ostentosamente a los demás. Se puede quedar uno dormido en la planta segunda de la mayor librería imaginable, entre las guías de países extranjeros, o en un banco frente a la puerta del Mc Donalds, o en medio de la calle, sobre una hoja de periódico. Nadie vendrá a despertarlo.
Todo el mundo es consciente que las horas de sueño escasean en la capital y que una cabezada no le hace mal a nadie. De todos modos, me dice mi amigo Xiqian Ou, que los chinos en general duermen mucho, más en verano, una época en la que quien puede permitírselo duerme una siesta larga después de comer, de 12.00 a 14.00, por ejemplo.
El caos nos protege a todos. Aquí no hay ángel de la guarda, lo exiliaron. En su lugar sobrevuela la ciudad el espíritu de la colmena, una vaga prudencia basada en la apreciación consciente de que todos somos imperfectos y todos transgredimos la ley. No hay otra explicación. ¿Cómo podría sostenerse sin accidentes un tráfico tan irregular, absolutamente demoníaco, incesante y perturbado? La señora cruza de la mano de su nieta una avenida de ocho carriles con el semáforo en verde para los vehículos, al tiempo un ciclista gira noventa grados sin extender el brazo, el taxista bruscamente cruza tres carriles y se detiene, el carrimoto cambia de dirección saltando la mediana. No pasa nada. La velocidad media es baja, aunque haya visibilidad y espacio no suelen superarse los sesenta kilómetros por hora. Todo el mundo es consciente de que los imprevistos son sorteables a ese ritmo, y por otro lado, resultan imposibles de prever, por muchas normas de tráfico que se dicten, a 120 kilómetros por hora.
En algunas zonas, sobre todo las que están en obras, que son muchas, se echan en falta las aceras. En una ciudad en la que el modo más natural para desplazarse ha sido durante décadas ir montado sobre dos ruedas, no se pensó que los coches acabarían desplazando al público hacia los márgenes. Las que deberían ser aceras para peatones se han convertido en improvisados carriles para bicicletas y cuando no están lo suficientemente pavimentadas son las plantas expontáneas las que se adueñan del espacio, perfilando las avenidas de improvisadas jardineras en un surtido salvaje de matices verdes. Me recuerda aquella costa española de los años setenta que se urbanizaba rápidamente pero no se ponía el pavimento a las aceras hasta diez o veinte años después. En cambio, las grandes avenidas ya vienen dotadas de carril bici o algo semejante y en ellas las aceras desde luego son muy espaciosas y arboladas. Y cabe decir que, no sé si de cara a las Olimpiadas, o desde siempre, se nota un especial esfuerzo en la atención a las flores y en general a toda la jardinería.
En los hutongs, que son los barrios clásicos, de casas bajas, laberínticos, semejantes a medinas árabes, sin calle propiamente dicha, los coches no suelen entrar, ni la gente bien. En ellos se degusta la genuina vida de barrio-barrio y la cocina más exótica. Las casas deben ser tan pequeñas que la vida está constantemente recostada en el portal o en medio del pavimento. Los vecinos lo son de generaciones, los niños juegan a sus anchas y los comerciantes exponen en la calle la mitad de su mercancía y de sus horas de vida. Se ven gatos de largo pelaje extendidos sobre mesas de matanza, durmiéndola, tiestos en latas, viejitos cargando la pipa, freidurías de panchitos, talleres de bicicletas y de electrodomésticos, verdulerías y colmados, y los clásicos bazares, no los todo a cien, sino los que había antes en los pueblos de España, con un surtido de todo un poco. No llega casi el rugido del tráfico y el tiempo parece caminar más despacio, ajeno a la amenaza próxima de la demolición. No hay futuro para los hutongs, se derriban docenas cada día y en una década no quedará más que una representación folklórica y turística de lo que fueron.
Supongo que hay bares muy cool (será que se me ha pasado la edad, pero adivino su tedio de lejos) y sé que se pueden llenar cien páginas con las excelencias de la nueva arquitectura pequinesa, pero a mí que me conserven este Beijíng de la vitalidad, de las calles pletóricas, de la diversidad y el caos, en ese amigable anonimato que lo engulle todo con voracidad secular. Esos abrazos virtuales de la humanidad, inasibles, un tanto absurdos y que, como todo el mundo sabe, no dan de comer, son los que me alimentan.
Tenemos una agradable sensación de impunidad, de gozar de absoluta libertad para hacer y deshacer, entrar y salir de donde se nos antoje. Nadie nos detiene, nadie nos pregunta. Creemos que se debe a que somos extranjeros, intocables cargados de yuanes. En nuestra candidez de recién llegados nos creemos el santón foráneo al que todos observan y no perturban, algo hay de ello, no en vano nuestros ojos y nuestro atuendo nos delatan como extraterrestres. Yo diría que no hay más de 2.000 españoles en todo Beijíng, una ciudad de 14 millones de habitantes, comparados con los más de 20.000 residentes chinos que hay en Madrid, somos aquí una pieza especialmente rara, un oligoelemento.
No obstante, observo que, aunque todos me parecen, no iguales, pero sí muy próximos, en buena lógica, no tienen porqué conocerse entre sí. De hecho, en cuanto caigo del guindo, concluyo que la mayoría posee como mucho la confianza de la familia cercana, alguno de los compañeros de trabajo, si se mantienen en el puesto, y ese amigo o vecino íntimo. Todos son, somos, extranjeros en Beijíng. Las dimensiones del hormiguero son descomunales y todas las hormigas ignoran la procedencia y el destino del compañero de autobús. ¿El gran alienamiento total? Al contrario de lo que cabría pensar, la fusión en esa masa dinámica genera un punto de libertad añadida que se reparte con bien para todos. Cada quien es cada cual y procede a su antojo sin ser molestado ni perturbado por ello, siempre y cuando con su actitud no perjudique ostentosamente a los demás. Se puede quedar uno dormido en la planta segunda de la mayor librería imaginable, entre las guías de países extranjeros, o en un banco frente a la puerta del Mc Donalds, o en medio de la calle, sobre una hoja de periódico. Nadie vendrá a despertarlo.
Todo el mundo es consciente que las horas de sueño escasean en la capital y que una cabezada no le hace mal a nadie. De todos modos, me dice mi amigo Xiqian Ou, que los chinos en general duermen mucho, más en verano, una época en la que quien puede permitírselo duerme una siesta larga después de comer, de 12.00 a 14.00, por ejemplo.
El caos nos protege a todos. Aquí no hay ángel de la guarda, lo exiliaron. En su lugar sobrevuela la ciudad el espíritu de la colmena, una vaga prudencia basada en la apreciación consciente de que todos somos imperfectos y todos transgredimos la ley. No hay otra explicación. ¿Cómo podría sostenerse sin accidentes un tráfico tan irregular, absolutamente demoníaco, incesante y perturbado? La señora cruza de la mano de su nieta una avenida de ocho carriles con el semáforo en verde para los vehículos, al tiempo un ciclista gira noventa grados sin extender el brazo, el taxista bruscamente cruza tres carriles y se detiene, el carrimoto cambia de dirección saltando la mediana. No pasa nada. La velocidad media es baja, aunque haya visibilidad y espacio no suelen superarse los sesenta kilómetros por hora. Todo el mundo es consciente de que los imprevistos son sorteables a ese ritmo, y por otro lado, resultan imposibles de prever, por muchas normas de tráfico que se dicten, a 120 kilómetros por hora.
En algunas zonas, sobre todo las que están en obras, que son muchas, se echan en falta las aceras. En una ciudad en la que el modo más natural para desplazarse ha sido durante décadas ir montado sobre dos ruedas, no se pensó que los coches acabarían desplazando al público hacia los márgenes. Las que deberían ser aceras para peatones se han convertido en improvisados carriles para bicicletas y cuando no están lo suficientemente pavimentadas son las plantas expontáneas las que se adueñan del espacio, perfilando las avenidas de improvisadas jardineras en un surtido salvaje de matices verdes. Me recuerda aquella costa española de los años setenta que se urbanizaba rápidamente pero no se ponía el pavimento a las aceras hasta diez o veinte años después. En cambio, las grandes avenidas ya vienen dotadas de carril bici o algo semejante y en ellas las aceras desde luego son muy espaciosas y arboladas. Y cabe decir que, no sé si de cara a las Olimpiadas, o desde siempre, se nota un especial esfuerzo en la atención a las flores y en general a toda la jardinería.
En los hutongs, que son los barrios clásicos, de casas bajas, laberínticos, semejantes a medinas árabes, sin calle propiamente dicha, los coches no suelen entrar, ni la gente bien. En ellos se degusta la genuina vida de barrio-barrio y la cocina más exótica. Las casas deben ser tan pequeñas que la vida está constantemente recostada en el portal o en medio del pavimento. Los vecinos lo son de generaciones, los niños juegan a sus anchas y los comerciantes exponen en la calle la mitad de su mercancía y de sus horas de vida. Se ven gatos de largo pelaje extendidos sobre mesas de matanza, durmiéndola, tiestos en latas, viejitos cargando la pipa, freidurías de panchitos, talleres de bicicletas y de electrodomésticos, verdulerías y colmados, y los clásicos bazares, no los todo a cien, sino los que había antes en los pueblos de España, con un surtido de todo un poco. No llega casi el rugido del tráfico y el tiempo parece caminar más despacio, ajeno a la amenaza próxima de la demolición. No hay futuro para los hutongs, se derriban docenas cada día y en una década no quedará más que una representación folklórica y turística de lo que fueron.
Supongo que hay bares muy cool (será que se me ha pasado la edad, pero adivino su tedio de lejos) y sé que se pueden llenar cien páginas con las excelencias de la nueva arquitectura pequinesa, pero a mí que me conserven este Beijíng de la vitalidad, de las calles pletóricas, de la diversidad y el caos, en ese amigable anonimato que lo engulle todo con voracidad secular. Esos abrazos virtuales de la humanidad, inasibles, un tanto absurdos y que, como todo el mundo sabe, no dan de comer, son los que me alimentan.
1 comentario:
Bonita descripción seudo/filosófica del paisaje y paisanaje de Bejing.
Rafael
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