





La bicicleta te asimila definitivamente a Pekín. Hay que comprar una, no son caras. Por supuesto hay que regatear el precio pero se puede obtener algo que ruede y dure casi un mes por unos diez euros. La mía costó 120 yuanes, 12 euros, pero hice un trato con el vendedor, me la recompraría por la mitad de precio a final de mes y le comprometí para que me arreglara las averías que apareciesen, si aparecían, que aparecieron. Li siempre estuvo dispuesto a ello y con una profesionalidad de boxes me volvía a tener la bici dispuesta en un plisplas.
Circular por las calles de Pekín en bicicleta es un paso fundamental en la genuina integración. Si no la coges es porque eres un turista, alguien definitivamente rico o un marginado terminal. Gracias a ella y a que Pekín no tiene cuestas, las desalentadoras distancias de sus cuadras se acortan y las visiones y los acontecimientos se suceden con velocidad de cinematógrafo. Pasas, sin dolor, de un nudo de autovía al gozoso paseo arbolado, de la estrechez y los quiebros de un hutong a las sorpresas odoríficas de un mercadillo, de la Biblioteca Nacional a la Escuela Nacional de Danza. Las sorpresas salen a tu encuentro y basta guardar energías para el regreso y tomar suficiente líquido para no deshidratarse.
Creo que es gracias a esta costumbre nacional que las piernas de las chinas tienen un hermoso y atractivo torneado y estoy seguro que las enfermedades cardiovasculares y las varices tienen poco arraigo entre la población. Una imagen deliciosa es la del chico pedaleando cansinamente, extrañamente feliz, y la chica sentada de lado en el transportín, con las piernas delicadamente cruzadas y cubriéndose con una sombrilla. En China tener la piel tostada no es signo de distinción sino de todo lo contrario, en las zonas de cosméticos de los grandes almacenes las cremas decoloradoras de la piel se llevan más de la mitad de los estantes.
Me dan envidia esas bicicletas autolimentadas, no sé si se llaman así, esas que son medio bici medio moto eléctrica. Son silenciosas, rápidas y cuándo te cansas le das al puño y reposas las piernas en el cuadro. En los últimos años se ha reducido mucho el parque de bicicletas, se van sustituyendo por los coches, aún así no es fácil hacer una foto en cualquier punto de la ciudad en la que no salga por delante el barrido borroso de un ciclista. Sospecho que este enjambre permanente de bicicletas tiene los días contados. Todavía hoy conviven con el tráfico, pero cuando los pekineses hagan como en el resto del mundo y adquiera cada cual su cochecito, la locura que ya es conducir en esta ciudad se convertirá en un auténtico suplicio. Creo que ahora sólo tiene coche un 10% de los que podrían tenerlo y a las horas punta los atascos ya son de tal calibre que los taxistas a veces atraviesan por el subterráneo del parking de un centro comercial para buscar una salida del embotellamiento.
Lo cierto es que se nota que el tráfico rodado es aquí algo absolutamente novedoso. No sé si te dan el carné en una tómbola pero lo parece. No se respetan las más esenciales normas de circulación, no se pone el intermitente, se invade sin previo aviso el carril contrario, se cambia de dirección por la patilla, el semáforo es una escultura incómoda e inútil, y así. Conviene saber que los pasos de cebra están pintados en las calles para que sepas por dónde puedes cruzar pero no para que confíes en que te conceden la impunidad. El código de preferencia está basado en el tamaño del vehículo. El Audi A8 se incorpora en la autovía como si tuviera la preferencia que tiene al entrar en el garaje de su casa y sólo cede ante los Hammer o los autobuses, verdaderos señores de la jungla; las furgonetas ceden el paso a los buses pero de ninguna manera a los taxistas que, junto a los demás utilitarios, constituyen el siguiente peldaño en el escalafón y sólo se detienen por los anteriores o por un semáforo con guardia adjunto. Las motos y los motocarros les siguen por detrás y debido a su movilidad pueden hacer cualquier tipo de diablura en cualquier momento. Después quedan las miríadas de bicicletas absolutamente ubicuas y capaces de moverse son la soltura de las motas de polvo en el espacio. Y por último, está el peatón, el indefenso viandante, que debe en todo momento cederle el paso a todos los demás, incluso si está el semáforo con el muñequito en verde y se encuentra claramente sobre las rayas blancas bien pintadas en el asfalto.
No te hagas el ciudadano-yo-tengo-mis-derechos en Pekín si no quieres perder una pierna. Cualquier punto de la calzada puede ser invadido por un vehículo en cualquier dirección, en cualquier momento. Esto exige un alto grado de atención y visión periférica, como la de los animales. Da la sensación de que se ha pasado de manejar una bicicleta a conducir un coche sin la más mínima transición. De hecho lo que más se oye en esta ciudad es el sonido persistente de los claxon. Como si fuera el timbre de la bicicleta “¡Qué voy!” “¡Quita!” “¡Vamos!”, eso parecen decir las bocinas. Por otro lado, no he visto broncas y no parece que se insulten, sólo se pitan, constantemente. Es una especie de tráfico subjetivo en el que cuentan más el instinto y la actitud depredadora del conductor que las normas de circulación. Pudiera ser que las normas, tan útiles por otra parte, redujesen el umbral de los reflejos, que el sujeto permanentemente atento al resto sea más eficaz conductor que el que se mantiene atento exclusivamente a las señales y a sus derechos. Por ahora el sistema funciona milagrosamente en las calles Pekín pero tendrán muchísimos problemas cuando los concesionarios se harten de vender coches.
Encuentro una visera en medio de la acera. Detengo la bicicleta para recogerla. Me va a hacer falta. Parece que esta atmósfera de horchata y este bochorno sofocante van a disolverse finalmente en una tormenta de verano. Las chicharras, que aún suenan dentro de la ciudad y son más chirriantes y agudas que las españolas, están especialmente pelmazas. En la Escuela de Cine de Pekín se oye una abubilla ulular con mucho ahínco. Los truenos suenan muy altos, estratosféricos, como si las nubes de la tormenta estuvieran por encima del edredón de calima láctea y contaminación, como si rebotaran juguetones por ahí arriba y no quisieran bajar.
Pero va a caer. Lo percibo a mi alrededor. Con cada trueno los ciclistas aprietan los dientes y aceleran el ritmo del pedal, también los viandantes. Todo se vuelve más ágil e inesperadamente poco comunicativo. Caen algunas gotas, el abuelo se baja la pernera remangada del pantalón y guarda la pipa, los niños recogen la pelota. Me adelanta un papel volando, luego se eleva y desaparece en el cielo negro. Se ha hecho de noche. Es difícil distinguir al resto de ciclistas, nadie lleva luces. La visera me va a hacer un favor extraordinario para protegerme las gafas.
Al volver una esquina el viento arrecia y un poco más allá, de una bocacalle estrecha, empiezan a salir objetos en tromba como si fuera la entrada a la plaza de Pamplona: una bolsa, un paraguas, un gorro, cientos de papeles, una lluvia de hojas de acacia. El embudo de aire se expande hacia los lados, casi tumba a la chica que va delante de mí, un señor se refugia tras una cabina. Definitivamente me apeo de la bici y busco protección bajo la marquesina de un bar. Ahora entran los cabestros, son dos sillas de pvc de la terraza de un bar, van tumbadas con las patas hacia delante y llevan una velocidad formidable, no menos de 60 km hora. Enfilan la gran avenida y la cruzan milagrosamente sin golpearse con ningún vehículo. Antes de que podamos darnos cuenta aparece el toro, una sombrilla enorme verde, abierta como una vela de windsurf, se mete directa en la avenida y detiene el tráfico, golpea contra el lateral de un taxi y se eleva como una cometa saltando por encima de un muro. El aire se detiene. Hay un extraño momento de calma. Ahora corre todo el mundo, es el último lapsus entre el segundo y el tercer cohete. Caen gotas grandes, sueltas, amenazadoras, y con ellas una nube de partículas negras que se pega a mi camiseta. Recuerdo ahora que por la mañana he visto en la tele imágenes de inundaciones y me viene el aspecto inquietante que presentaba el sol por la tarde, un pegote aplastado de carmín sucio, la llaga de una quemadura en un brazo con un cigarro puro.
Cuando entro en el recinto Universitario empieza a llover. Me queda un kilómetro largo para llegar a mi residencia. Los truenos ahora son omnipresentes, han desgarrado el tímpano de nubes y retumban entre los edificios con maldad. La calle es un hervidero de carreras y paraguas. Pletórico de adrenalina pedaleo como un loco, faltan segundos para la tromba. Siento muchos deseos de gritar, de emitir una especie de ¡Hieeeee! ¡Yiepa! ¡Oeeeo! Me contengo y en esas me adelanta uno profiriendo un selvático berrido de animal. Gritamos los dos. Se oyen otros gritos a los lejos. Gritos de satisfacción. El cielo se desploma en una manta de agua.
En mi cuarto descubro que la nube de partículas que llevo adherida a la camiseta resultan ser diminutos pulgones negros.
Después de la lluvia ese equipo de no se sabe quién, no se sabe por qué, no se sabe pertenecientes a qué departamento, se pone en marcha y con escobas, palas y cepillos, empieza a empujar el agua de los charcos. Y con el agua, la suciedad, los vasos de plástico, los papeles mojados, los palillos de los pinchos, las colillas. Todo comienza a ser impulsado en una sola dirección, de una escoba a otra, de un lado al otro lado de la calle, generando un largo río callejero que avanza hacia no se sabe dónde. La luz es brillante, el cielo mantiene la consistencia lechosa pero por primera vez anaranjada, con apariencia de cielo real. El aire está limpio y se puede respirar de un modo normal. Las bicicletas vuelven a un ritmo sosegado, plácido, y es habitual ver las punteras de los zapatos que señalan hacia el exterior de los pedales, como cuando el suelo está recién fregado y se camina con los tacones, no queriendo ensuciar la maravilla de la lluvia.
Circular por las calles de Pekín en bicicleta es un paso fundamental en la genuina integración. Si no la coges es porque eres un turista, alguien definitivamente rico o un marginado terminal. Gracias a ella y a que Pekín no tiene cuestas, las desalentadoras distancias de sus cuadras se acortan y las visiones y los acontecimientos se suceden con velocidad de cinematógrafo. Pasas, sin dolor, de un nudo de autovía al gozoso paseo arbolado, de la estrechez y los quiebros de un hutong a las sorpresas odoríficas de un mercadillo, de la Biblioteca Nacional a la Escuela Nacional de Danza. Las sorpresas salen a tu encuentro y basta guardar energías para el regreso y tomar suficiente líquido para no deshidratarse.
Creo que es gracias a esta costumbre nacional que las piernas de las chinas tienen un hermoso y atractivo torneado y estoy seguro que las enfermedades cardiovasculares y las varices tienen poco arraigo entre la población. Una imagen deliciosa es la del chico pedaleando cansinamente, extrañamente feliz, y la chica sentada de lado en el transportín, con las piernas delicadamente cruzadas y cubriéndose con una sombrilla. En China tener la piel tostada no es signo de distinción sino de todo lo contrario, en las zonas de cosméticos de los grandes almacenes las cremas decoloradoras de la piel se llevan más de la mitad de los estantes.
Me dan envidia esas bicicletas autolimentadas, no sé si se llaman así, esas que son medio bici medio moto eléctrica. Son silenciosas, rápidas y cuándo te cansas le das al puño y reposas las piernas en el cuadro. En los últimos años se ha reducido mucho el parque de bicicletas, se van sustituyendo por los coches, aún así no es fácil hacer una foto en cualquier punto de la ciudad en la que no salga por delante el barrido borroso de un ciclista. Sospecho que este enjambre permanente de bicicletas tiene los días contados. Todavía hoy conviven con el tráfico, pero cuando los pekineses hagan como en el resto del mundo y adquiera cada cual su cochecito, la locura que ya es conducir en esta ciudad se convertirá en un auténtico suplicio. Creo que ahora sólo tiene coche un 10% de los que podrían tenerlo y a las horas punta los atascos ya son de tal calibre que los taxistas a veces atraviesan por el subterráneo del parking de un centro comercial para buscar una salida del embotellamiento.
Lo cierto es que se nota que el tráfico rodado es aquí algo absolutamente novedoso. No sé si te dan el carné en una tómbola pero lo parece. No se respetan las más esenciales normas de circulación, no se pone el intermitente, se invade sin previo aviso el carril contrario, se cambia de dirección por la patilla, el semáforo es una escultura incómoda e inútil, y así. Conviene saber que los pasos de cebra están pintados en las calles para que sepas por dónde puedes cruzar pero no para que confíes en que te conceden la impunidad. El código de preferencia está basado en el tamaño del vehículo. El Audi A8 se incorpora en la autovía como si tuviera la preferencia que tiene al entrar en el garaje de su casa y sólo cede ante los Hammer o los autobuses, verdaderos señores de la jungla; las furgonetas ceden el paso a los buses pero de ninguna manera a los taxistas que, junto a los demás utilitarios, constituyen el siguiente peldaño en el escalafón y sólo se detienen por los anteriores o por un semáforo con guardia adjunto. Las motos y los motocarros les siguen por detrás y debido a su movilidad pueden hacer cualquier tipo de diablura en cualquier momento. Después quedan las miríadas de bicicletas absolutamente ubicuas y capaces de moverse son la soltura de las motas de polvo en el espacio. Y por último, está el peatón, el indefenso viandante, que debe en todo momento cederle el paso a todos los demás, incluso si está el semáforo con el muñequito en verde y se encuentra claramente sobre las rayas blancas bien pintadas en el asfalto.
No te hagas el ciudadano-yo-tengo-mis-derechos en Pekín si no quieres perder una pierna. Cualquier punto de la calzada puede ser invadido por un vehículo en cualquier dirección, en cualquier momento. Esto exige un alto grado de atención y visión periférica, como la de los animales. Da la sensación de que se ha pasado de manejar una bicicleta a conducir un coche sin la más mínima transición. De hecho lo que más se oye en esta ciudad es el sonido persistente de los claxon. Como si fuera el timbre de la bicicleta “¡Qué voy!” “¡Quita!” “¡Vamos!”, eso parecen decir las bocinas. Por otro lado, no he visto broncas y no parece que se insulten, sólo se pitan, constantemente. Es una especie de tráfico subjetivo en el que cuentan más el instinto y la actitud depredadora del conductor que las normas de circulación. Pudiera ser que las normas, tan útiles por otra parte, redujesen el umbral de los reflejos, que el sujeto permanentemente atento al resto sea más eficaz conductor que el que se mantiene atento exclusivamente a las señales y a sus derechos. Por ahora el sistema funciona milagrosamente en las calles Pekín pero tendrán muchísimos problemas cuando los concesionarios se harten de vender coches.
Encuentro una visera en medio de la acera. Detengo la bicicleta para recogerla. Me va a hacer falta. Parece que esta atmósfera de horchata y este bochorno sofocante van a disolverse finalmente en una tormenta de verano. Las chicharras, que aún suenan dentro de la ciudad y son más chirriantes y agudas que las españolas, están especialmente pelmazas. En la Escuela de Cine de Pekín se oye una abubilla ulular con mucho ahínco. Los truenos suenan muy altos, estratosféricos, como si las nubes de la tormenta estuvieran por encima del edredón de calima láctea y contaminación, como si rebotaran juguetones por ahí arriba y no quisieran bajar.
Pero va a caer. Lo percibo a mi alrededor. Con cada trueno los ciclistas aprietan los dientes y aceleran el ritmo del pedal, también los viandantes. Todo se vuelve más ágil e inesperadamente poco comunicativo. Caen algunas gotas, el abuelo se baja la pernera remangada del pantalón y guarda la pipa, los niños recogen la pelota. Me adelanta un papel volando, luego se eleva y desaparece en el cielo negro. Se ha hecho de noche. Es difícil distinguir al resto de ciclistas, nadie lleva luces. La visera me va a hacer un favor extraordinario para protegerme las gafas.
Al volver una esquina el viento arrecia y un poco más allá, de una bocacalle estrecha, empiezan a salir objetos en tromba como si fuera la entrada a la plaza de Pamplona: una bolsa, un paraguas, un gorro, cientos de papeles, una lluvia de hojas de acacia. El embudo de aire se expande hacia los lados, casi tumba a la chica que va delante de mí, un señor se refugia tras una cabina. Definitivamente me apeo de la bici y busco protección bajo la marquesina de un bar. Ahora entran los cabestros, son dos sillas de pvc de la terraza de un bar, van tumbadas con las patas hacia delante y llevan una velocidad formidable, no menos de 60 km hora. Enfilan la gran avenida y la cruzan milagrosamente sin golpearse con ningún vehículo. Antes de que podamos darnos cuenta aparece el toro, una sombrilla enorme verde, abierta como una vela de windsurf, se mete directa en la avenida y detiene el tráfico, golpea contra el lateral de un taxi y se eleva como una cometa saltando por encima de un muro. El aire se detiene. Hay un extraño momento de calma. Ahora corre todo el mundo, es el último lapsus entre el segundo y el tercer cohete. Caen gotas grandes, sueltas, amenazadoras, y con ellas una nube de partículas negras que se pega a mi camiseta. Recuerdo ahora que por la mañana he visto en la tele imágenes de inundaciones y me viene el aspecto inquietante que presentaba el sol por la tarde, un pegote aplastado de carmín sucio, la llaga de una quemadura en un brazo con un cigarro puro.
Cuando entro en el recinto Universitario empieza a llover. Me queda un kilómetro largo para llegar a mi residencia. Los truenos ahora son omnipresentes, han desgarrado el tímpano de nubes y retumban entre los edificios con maldad. La calle es un hervidero de carreras y paraguas. Pletórico de adrenalina pedaleo como un loco, faltan segundos para la tromba. Siento muchos deseos de gritar, de emitir una especie de ¡Hieeeee! ¡Yiepa! ¡Oeeeo! Me contengo y en esas me adelanta uno profiriendo un selvático berrido de animal. Gritamos los dos. Se oyen otros gritos a los lejos. Gritos de satisfacción. El cielo se desploma en una manta de agua.
En mi cuarto descubro que la nube de partículas que llevo adherida a la camiseta resultan ser diminutos pulgones negros.
Después de la lluvia ese equipo de no se sabe quién, no se sabe por qué, no se sabe pertenecientes a qué departamento, se pone en marcha y con escobas, palas y cepillos, empieza a empujar el agua de los charcos. Y con el agua, la suciedad, los vasos de plástico, los papeles mojados, los palillos de los pinchos, las colillas. Todo comienza a ser impulsado en una sola dirección, de una escoba a otra, de un lado al otro lado de la calle, generando un largo río callejero que avanza hacia no se sabe dónde. La luz es brillante, el cielo mantiene la consistencia lechosa pero por primera vez anaranjada, con apariencia de cielo real. El aire está limpio y se puede respirar de un modo normal. Las bicicletas vuelven a un ritmo sosegado, plácido, y es habitual ver las punteras de los zapatos que señalan hacia el exterior de los pedales, como cuando el suelo está recién fregado y se camina con los tacones, no queriendo ensuciar la maravilla de la lluvia.
1 comentario:
Eduardo, he disfrutado leyendo tu precioso homenaje a la bicicleta Pekinesa. Gracias. Rafael
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