El país emocional.
A pesar de que en China existe un 50% de la población, entre budistas, taoístas y otras religiones menores, que tienen algo parecido a una creencia religiosa, se nota a la legua que su pensamiento a lo largo de la historia no se ha construido alrededor de la idea de dios, un solo dios, muchos o contra dios. No han tenido que soportar la idea ridícula del niño Jesús nacido sin pecado, ni el monotema gore del crucificado, no han perdido el tiempo luchando contra los dogmas que fajaban el vuelo del pensamiento, ni su conciencia ha crecido tutelada por un guardián de lo correcto y lo incorrecto. Su filosofía se ha cimentado desde el hombre para el hombre. Menos acostumbrados a los conceptos abstractos, su trabajo intelectual ha ido encaminado a la individualidad, lo cual no deja de ser extremadamente paradójico en un país que vive y soporta la sobrepoblación desde el siglo dos antes de nuestra era. Quizá sea precisamente por eso, por ese saberse en medio de una gran manada de caracteres, todos diferentes, que cada escritura busca ser un mundo en si misma, una opción para autodefinirse más allá del concepto de cada palabra. La caligrafía se desvela así como la opción de cargar cada sílaba de un plus de personalidad, de esa idiosincrasia mutante, siempre en permanente evolución, que es distinta en cada etapa de la vida y que se tiñe en el momento de la emoción concreta que embargue al calígrafo en el instante en que desplaza el pincel sobre el pliego de papel.
Cuando la filosofía del Tao anuncia que esto es verdad si es posiblemente cierto lo contrario, nos advierte de esa inmensidad, de esa complejidad de pareceres que deben cohabitar y a los que no conviene ponerle puertas ni cerrojos. Incluso Buda, el personaje más conspicuo en lo que toca al mundo espíritual en China, a lo largo de su historia ha adquirido muchos nombres, actitudes y aspecto físico; adaptándose a necesidades y criterios puede presentarse hierático y contemplativo, displicente observador, gordo y recostado, sonriente y rodeado de discípulos. La gravedad con la que nuestras religiones occidentales han revestido la trascendencia siempre ha buscado circundarse de una orilla de abismo, de ese muro para el miedo que protege los intereses de los hierofantes y les otorga el poder para dictar las normas al rebaño castrado y aquiescente.
Corderos libres del pecado del mundo, los chinos se han preocupado de organizar la complejidad desde un punto de vista práctico, absolutamente imprescindible para lograr la conservación de la especie, la pervivencia en paz de las multitudes. No es extraño que fueran los primeros en conceder un status especial a los más dotados intelectualmente para que fueran ellos quienes orientaran los destinos de cada pueblo y dirimieran los conflictos. Los exámenes imperiales para llegar a funcionario se instituyeron antes de que Platón redactara la República y era una oportunidad abierta para cualquiera, de cualquier origen y condición. No nos engañemos, connivencia y favoritismos los hubo siempre y al que pasaba la vida enraizando arroz no le quedaba mucho tiempo para aprender los 10.000 caracteres que como mínimo debía dominar el aspirante. También hoy en nuestro sistema funcionarial existen fraudes, sin embargo las condiciones de objetividad han mejorado manifiestamente con respecto a pasados periodos históricos, no entro en detalles. La historia china registra numerosas biografías de individuos de humilde cuna que alcanzaron el cargo de gobernador de provincia o el de consejero del emperador sin ostentar una sola gota de sangre azul en sus venas. Sus méritos racionales les alzaron hasta el puesto. Ética objetiva y espíritu subjetivo, y no un alma que debía ajustarse a unos cánones y una ética supeditada a la visión particular de un dirigente espiritual infalible.
¿Hemos de concluir que como civilización en occidente llevamos un retraso significativo en lo que respecta a nuestro modo de arañar las posibilidades del alma y el conocimiento? Ciertamente no. Las vallas siempre agudizan el ingenio de los presos, las puertas son invitaciones a entrar, los muros que ocultan el sol lo hacen más deseable, más brillante, más poderoso incluso de lo que en realidad es. La imaginación de occidente ha tenido que aplicarse más a fondo que la oriental. Para ellos la preocupación ha sido otra: lograr dar de comer a todo el mundo y que cada cual encuentre su propio modo de expresión y autodefinición en una aglomeración desorbitada.
Es la emoción la que sobrenada en el espíritu pragmático chino como una nata irremediable que emerge de su batir diario con las vicisitudes y dificultades de la vida. Un excedente que irrumpe, desde el sudor de la frente, sin control, sin demasiada parafernalia. El arte pictórico, escaso en temas y variaciones, logró su máxima expresión abriendo espacios vacíos, nieblas en las que perderse, brumas para penetrar desde la individualidad hacia cualquier sitio. La música es especialmente emotiva, trágica, amorosa, generalmente dirigida a suscitar sentimientos de fraternidad, de comunión en la gran hermandad. Romanticonas, cargadas de violines y con ritmos melosos, nos parecen aparentemente inocentes, un tanto pueriles, como ciertas actitudes que se observan en la calle, como ese amor envidiable, cargado de arrumacos y manitas que tanto se prodiga entre los jóvenes.
Los que serán siempre extranjeros, en su casa y en la China, no ven el país de la emoción; el miedo, al que finalmente han aprendido a obedecer, les protege dentro de su castillo de prejuicios y compran muchos bolsos que imitan esa marca prodigiosa que les asimilará temporalmente a los distinguidos ídolos que poseen sangre real.
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24.7.07
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